Síntomas, síndromes y la enfermedad nuestra de cada día

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Sindrome


Sé que llego tarde, que es un tema del mes de septiembre. Me apunto a la corriente mediática que por aquellos días se dedicó a ocupar páginas o espacios visuales o sonoros acerca del llamado síndrome post vacacional. Tertulias radiofónicas, consultorios médicos o psicológicos, magazines televisivos, suplementos dominicales, paginas salud, y, como ven, yo mismo nos hemos ocupado de tan transcendental asunto. Generalmente el tono era ligero y humorístico, pero no faltaron especialistas que describieron prolijamente sus síntomas: ansiedad, depresión, insomnio, cefaleas, trastornos digestivos; otros, algunos, colegas míos, que adelantaron explicaciones científicas que lo vinculan con las diferencias de exposición al sol, la alteración de ritmos vitales, la persistencia de las marcas filogenéticas del paso de paleolítico al neolítico, el trauma del nacimiento o a no sé qué cambios endocrinos en torno a endorfinas, serotoninas y otras secreciones. Por supuesto que ante estos males deben existir remedios, y como lo hemos calificado como síndrome, es decir, “conjunto de síntomas que definen una enfermedad”, debemos esperar de la ciencia médica algún tipo de solución, si hablamos de ansiedad, tenemos ansiolíticos, si de depresión, antidepresivos, si no dormimos, hipnóticos. Y así ya tenemos el círculo bien cerrado: enfermedad, explicación causal y tratamiento médico.


De esta manera vemos crecer de día en día la lista de síntomas que, bautizados con nombres derivados del griego o el latín, quedan científicamente dignificados. Como si el miedo a conducir o a subir a un avión recibieran una explicación causal cuando son traducidos como amaxofobia o aerofobia. No es infrecuente oír frases del estilo de “si a su hijo le cuesta ir a la escuela puede ser que esté desarrollando una fobia escolar”. 


Pero ¿y si nos cuestionáramos la mayor? ¿Síntomas? ¿Síndromes? ¿Enfermedades? Asistimos a una colonización de muchos aspectos de la realidad por parte del pensamiento médico, se apropia del lenguaje común con términos que le son propios. Síntoma, diagnóstico, pronóstico, tratamiento se aplican a ámbitos sociales como la enseñanza, la economía, las atenciones sociales, la corrosión de los metales o la mecánica del automóvil. El lenguaje político que lo absorbe todo participa de este movimiento y discute si ante un conflicto político se han de usar tratamientos de choque, quirúrgicos o paliativos.


Esto no tendría demasiada importancia en sí mismo, el lenguaje es así, metafórico, y por tanto las palabras que usamos en un contexto pueden ser aplicadas a otro, pasa con el lenguaje náutico, agrícola, bélico o cinematográfico. Pero adquiere más significación cuando se hace hegemónico. ¿Qué diríamos si nos refiriéramos a nuestras relaciones familiares con metáforas bélicas?


En el caso del lenguaje médico, ha propiciado un modo de pensamiento compartido en el que todo puede ser explicado mediante este paradigma y que cualquier conflicto humano puede ser conceptualizado, explicado y tratado como si de una enfermedad del cuerpo se tratara. Ello tiene algunas consecuencias: una, es entregar a los gestores médicos la clave de nuestro mal o bienestar, y otra, taponar nuestro pensamiento para comprender las razones de estos.


Para volver al dichoso síndrome: que se acaben las vacaciones para la mayoría de las personas es doloroso. Han dispuesto de un tiempo para cosas que durante el resto del año no han podido hacer. Hemos podido compartir momentos de ocio con la familia o los amigos. Nos hemos liberado de la tiranía de los horarios. Hemos comido y bebido sin temor a que la somnolencia posterior altere nuestros quehaceres, más bien al contrario, nos ha permitido una saludable siesta. Ha sido más fácil el encuentro con el sexo, el juego y el placer. Que esto se acabe genera dolor, un dolor humano, propio del existir.


Hay dolor que no es enfermedad como el esfuerzo por vivir, la adaptación a los cambios, la pérdida del ser querido o de la juventud, las separaciones y muchos más. Hay dolor que se deriva del conflicto y no hay pastilla que lo remedie si no es el afrontamiento con él, el pensamiento, el debate, incluso la resignación.


Tratarlo como enfermedad es alienar el dolor de la experiencia de vivir y, por ello, buscar remedio en la técnica especializada en su mal. Pronto encontraremos couchers, aplicaciones para móviles o medicaciones específicas para síndromes post vacacionales.


Claro que pueden darse depresiones a la vuelta al trabajo, pero no por efecto generalizado de un supuesto síndrome, sino por las condiciones objetivas o la significación subjetiva que ese encuentro suponga. Para el profesional que vuelve para continuar un trabajo que no corresponde con su preparación o su interés, bajo unas condiciones humillantes; para el trabajador que es contratado por días, cuando no por horas, por un salario inferior al mínimo, deprimirse es conectarse con la realidad de su explotación. Psicologizar o psiquiatrizar su estado es despistar las causas de su malestar. En otros casos el reencuentro con la actividad laborar puede tener múltiples significaciones que provoquen el enfermar pero en ese caso el enfermar no es efecto del trabajo sino de aquellas significaciones y es en estas donde puede encontrar su cura. Y aquí nos encontramos con la especificidad de cada persona la manera única de vivir un acontecimiento difícilmente encasillable en síndromes y tratamientos generalizables.


Se podría pensar que exagero, que generalizo, que otorgo un grado de categoría a lo que es una mera anécdota, que el dicho síndrome no es sino una ocurrencia frívola de los medios en el verano. Pero sucede que continuamente los medios informan y tratan de problemas a los que sin crítica se les da el estatus de enfermedad alrededor de los cuales aparecen estudios, tesis, especialistas, servicios de tratamiento, medicaciones. Se trata muchas veces de reacciones psicoafectivas ante pérdidas, de dificultades de aprendizaje de múltiples causas, de estados de ansiedad por conflictos vitales a los cuales los individuos pueden responder desde sus propios recursos personales o mediante la ayuda profesional, pero que no tienen por qué ser considerados y atendidos como enfermedades de origen único y de tratamiento único.

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