Rajoy y el gobierno mundial

Antonio Carlos Pereira Menaut
Prof. de Derecho Constitucional, USC

Rajoy europa


En el debate parlamentario del 27 de octubre, el candidato Mariano Rajoy, “españolista” y centralista, objetaba al nacionalista catalán Tardà que iba contra los tiempos, pues —decía— estamos muy avanzados en la integración europea e incluso se comienza a vislumbrar un estado mundial (esto sonaba más angloamericano que europeo: el “one world”, en germen ya en los Catorce Puntos de Wilson, en 1918; pero dejémoslo ahí).


Pero, tras digerir eso trabajosamente, uno se pregunta en qué posición supone Mariano que quedará España, e incluso la UE, en ese gobierno mundial. Él, que rebosa “sentidiño” (“common sense”, versión galaica), no ignorará que en ese “one world”, la ley de hierro de las oligarquías se cumplirá, igual que se cumple en la UE o en España, y el poder no siempre mirará por el interés general (si es que puede definirse tal cosa para todo el mundo), como no mira en España ni en Europa.


La tranquilidad con que Rajoy dice eso nos lleva a cuestionarnos: ¿está ya siendo la UE superada por la globalización? ¿Lo saben y aceptan los gobernantes europeos y españoles? Desde los Pactos de Familia del s. XVIII, las élites gobernantes españolas, desde Godoy hasta F. González y Rajoy, más de una vez mostraron aceptar la subordinación de España al exterior, simultáneamente con el fomento del nacionalismo español y del centralismo "ad intra".


Pero vayamos por partes. Primero, la superación del estado está clara: tras aproximadamente tres siglos de reinado conceptual, hacia 1914-1918 el estado comenzó a ser superado en diversos frentes, comenzando por la defensa. Las cosas de nuestra vida cotidiana que hoy no dependen del estado sino de la UE (o depende de la UE la decisión y del estado sólo la ejecución) son muchísimas e importantes; ya lo sabemos.


Segundo, la superación de la UE de momento no es clara, pero quizá no menos real. Simplemente, ¿cuántas cosas hay en nuestro supermercado no producidas en la UE? ¿Cuántas actividades y tareas no dependen ya de la UE sino de los USA, de la ONU, FMI, OTAN, OMC, o del CEDH? Muchas menos que en el caso de la superación del estado, pero de peso, y creciendo: comercio, inmigración, “lex mercatoria" y contratos internacionales, nuevo terrorismo, defensa, medio ambiente, tribunales internacionales, “soft law”, nuevos derechos de la ONU, ideología “de género”… ¿Que la UE acepta eso porque lo cree correcto? Puede ser, pero aun así, el argumento subsiste. Por esto la UE ha dejado de ser tan atractiva como era en el pasado. Idos son los tiempos en los que hasta Franco solicitaba el ingreso en el Mercado Común. Una moderada pero creciente cantidad de las tradicionales ventajas de la UE (desarrollo, libre comercio, libre circulación…) se pueden conseguir también desde fuera. ¿Qué ventajas decisivas ofrece la UE a un noruego, islandés o suizo, hoy? ¿Y a un griego?


Desde su creación, el estado supuso una clara diferencia política, jurídica y económica. Defendieron a sus poblaciones tanto “ad intra” como “ad extra” —con sus efectos secundarios, claro—, y lo hicieron hasta con un belicismo innecesario (siglos XVI-XIX). Y la Unión, si pretende ser la “polity” europea, tiene que diferenciarse, tiene que ofrecer algo distinto a lo que ofrecían los estados (esto ya lo hace) y a lo que ofrece la globalización; y en particular tiene que defendernos. ¿Nos defiende de la globalización? No, porque conviene a las grandes empresas, sobre todo germanas, abrir plantas en China aunque eso implique, de rebote, la muerte del pequeño comercio aquí, y aunque los chinos tengan manos libres para comprar las conservas de pescado o los clubs de fútbol. Pero no es un proceso solo fáctico: la UE legalmente acepta e impulsa la globalización; en vez de controlarla, profundiza en ella. Tomemos, por ejemplo, la autopista que pasa a las puertas de mi casa, la AP 9: por el principio de subisidiariedad,debería ser propiedad de la gente que la pisa, o lo más cercano a eso, pero puede acabar en manos de americanos, malasios o chinos; y no nos defenderá el gobierno autonómico, ni el español ni Bruselas.


Si la UE no nos protege de los terribles vientos de la globalización, que arrasan el Planeta, incrementan la desigualdad y concentran la riqueza aun más, incumplirá un deber de toda “polis” o “civitas”: la protección de su población; “salus populi, suprema lex”. Pero mirando las cosas como las vería un observador marciano, con el estilo de gobierno de estos casi dos lustros de crisis, parece como si para la UE lo primero ya no seamos las personas (las personas griegas, desde luego, no).

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