El mar, una escuela de vida

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Tuvalu. Europa Press

 

No soy para nada un hombre de mar, pero tengo algún interés por absorber de algún modo lo que éstos sienten como tales. Tuvalu (Elba) es un libro reciente que ha caído en mis manos. Su autor es el arquitecto suizo Hans Geilinger afincado en España desde hace muchos años, casado con Imma, una profesora catalana con la que hizo un viaje alrededor del mundo: ni más ni menos que durante doce años (entre 2011 y 2023), recorriendo 50.000 millas náuticas con un velero Dufour 40 Performance llamado 'Tuvalu', igual que las islas polinesias. Se trataba de navegar hacia una meta desconocida, persiguiendo vivir experiencias en las que el mar se revelase en toda su claridad y belleza. Zarpar, dice el autor (nacido en un país montañoso alejado del mar), es "como el primer instante de un enamoramiento, una primera mirada anhelante hacia el horizonte y ¡zas!, ya estás pillado".

Una aventura exige dejar atrás unos hábitos y costumbres, y supone asumir riesgos para obtener recompensas. Hans Geilinger ve la vida como insondable, consciente de que, a menudo, golpea de repente. Afianzado en una continua e intensa declaración de amor hacia su mujer, puede mostrarse increíblemente dichoso, pero, vulnerable a la vez ante las circunstancias que siempre nos pillan por sorpresa; llega a sentir que su sueño vital está a punto de desplomarse. Ha hecho este libro, dice, para interpretar su larguísima aventura, pero al acabarlo reconoce sentirse extrañamente perdido y melancólico; con nuevas preguntas, aunque con una particular confianza en su propia realidad. Tras zarpar de Malasia, recuerda que mantuvo viva "la sensación de magia que surge en alta mar casi sin interrupción". Para los navegantes de alta mar, "la conexión con la naturaleza es inmediata, absoluta y brusca. Aprendí que incluso la peor tormenta acaba pasando". La filosofía de quien no es filósofo. La necesidad imperiosa de tener perseverancia y paciencia. Navegar para sentirse vivos, para escapar de la rutina y abandonar nuestra zona de confort. Pero esperando alcanzar un hogar, una nueva tierra adoptiva; en el fondo, con la referencia y conciencia del mar doméstico, del 'Mare Nostrum', nuestro mar Mediterráneo.

Los cuidados del velero reclaman atención al vadear rocas, rodear arrecifes y malecones desmoronados, esperando no encallar ni sufrir percances en la quilla, en el delicado sistema de transmisión de embarcaciones saildrive, en la hélice, en la pala del timón.

Pero una vez en alta mar, aguardan días infinitos para la contemplación, para gozar de una exuberante y rica variedad cromática. Y de aromas y fragancias, como las que el autor evoca en la caribeña isla de Granada: una explosión de vida y de crecimiento desbordante de mangos, cocos, caña de azúcar, jengibres, yuca, pimientos y granos de cacao. La expectativa de un suculento desayuno con papayas de las islas Galápagos.

Del disfrute de sabores, olores y colores al espectáculo tranquilo de un mar repleto de tortugas, delfines, leones marinos. Hans Geilinger rinde un homenaje emocionado a la estética y belleza de un animal que acierta a presentar en su esplendor:

"No existe nada que supere los encuentros inesperados con las reinas de los océanos. Nadan, majestuosas, miles y miles de millas. Se sumergen durante horas en profundidades abisales y regresan a la superficie, melodías prolongadas, cruzando centenares de millas. Las ballenas. Gigantes, pacíficas. De una belleza deslumbrante, parecen estar en constante modo zen, sumidas en una atención profunda. La personificación de la vida en el mar; símbolo de respeto y dignidad".

Es un párrafo precioso, pero todo el mundo habla según le va en la feria. Por esto la escuela de la vida es tan plural. La ballena y su caza han dado lugar a relatos espeluznantes y obsesivos como el de Moby Dick, escrito hace 175 años por Herman Melville, que alcanza la tragedia y el horror. Claro que, siempre que sea posible, es mejor observar a un animal guardando respeto a su dignidad, descubriéndola.

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