La gloria literaria o artística no impide la bajeza moral
La excelsitud en la creación literaria o artística puede compatibilizarse con una ínfima catadura moral. La aparición de sendas obras sobre Céline y González Ruano lo pone en evidencia
Creo que fue Óscar Wilde quien dijo que en el arte no era posible utilizar categorías morales porque solo había belleza o fealdad. Pues bien, lo mismo cabe decir cuando se analizan los rasgos personales de ciertas glorias de la vida cultural que alcanzaron muy justificadamente, el reconocimiento de su obra pero que sin embargo se caracterizaron por una conducta personal deleznable. He aquí dos ejemplos de ello.
Louis Ferdinand Auguste Destouches fue un médico francés cuya obra literaria, publicada con el seudónimo de Céline, es considerada como la clave del arco de la literatura francesa del siglo XX. Pero paralelamente dicho personaje se caracterizó por un antisemitismo feroz y un cómplice asentimiento con la ocupación alemana de su país. De ahí que, finalizada la segunda guerra mundial, solo pudiese evitar el implacable juicio de los vencedores porque huyó a Holanda. El problema se planteó cuando se cumplieron cincuenta años de su fallecimiento y la administración francesa no supo si homenajear al escritor insigne o pasar de puntillas sobre el ciudadano indeseable. Hizo lo segundo.
España, por su parte, tuvo en César González Ruano uno de sus escritores más fecundos, versátiles y celebrado en su tiempo. Periodista, corresponsal itinerante, novelista, dramaturgo, su vida fue una peripecia sin fin alfombrada por una retahíla de venalidades, engaños, sablazos, chalaneos, deudas y traiciones. Como el tiempo todo lo difumina, dicha conducta fue paulatinamente olvidada hasta que en 2013 apareció un ensayo sobre sus tropelías y entonces su apellido quedó descabalgado del premio literario que había creado cierta fundación y el Ayuntamiento de Sitges, donde había vivió un tiempo mediados los cuarenta del siglo pasado, se apresuró a borrarlo del jardín que le había dedicado.
Ha querido la casualidad que coincidieran ambos en los anaqueles de las librerías con sendos libros. Al francés lo ha estudiado en un breve ensayo Henry Godard uno de los más conspicuos expertos en su obra literaria. En “Céline escándalo” (Ediciones del Subsuelo) el autor pone de relieve la presencia del cuerpo humano, de la muerte y de la violencia en las ocho novelas que escribió, subraya que compatibilizó pacifismo con antisemitismo, si bien fue muy diferente el reflejo que este prejuicio tuvo en su obra literaria o en los panfletos de su autoría. Godard no resta elogios a la calidad literaria de su producción por la utilización de un lenguaje nuevo que rompió con el estilo tradicional. Pero “el verdadero escándalo al que nos enfrenta Céline es el del placer que nos proporcionan las obras de un autor que ha expresado unas ideas que condenamos”. Y es que Céline “lleva al límite la brecha tan difícil de aceptar entre literatura y moral”.
González Ruano decidió “endulzar” su biografía escribiendo unas memorias tituladas “Mi medio siglo se confiesa a medias” que leí hace muchos años y Renacimiento ha acaba de reeditar. César conoció muchísima gente interesante de su tiempo, de la que habla bien, regular o mal según le interesó hacerlo (confiesa que Lorca le caía fatal y a Manuel Machado le reprocha en pleno franquismo, con muy mala uva, su olvidada fe republicana, por citar dos ejemplos) Pero acaso lo más notable de su peripecia de acreditado perillán, por no decir sinvergüenza, fue lo que le ocurrió en París durante la ocupación alemana. Huido de Berlín mientras ejercía de corresponsal de ABC porque dice que se aburría mucho, se instaló en la capital francesa, donde se dedicó a hacer estraperlo y a vender pasaportes falsos a judíos necesitados de huir de la persecución nazi. Hasta que lo detectaron los alemanes, le detuvieron y le encarcelaron en Cheche-Midi. Ruano describe este incidente pero sin entrar en detalles, que encontré por casualidad en otras memorias muy diferentes, las de Joan Estelrich, quien contó que la Gestapo se le interrogó por su “negocio”: “«Així vosté no ha volgut afavorir els jueus, vosté només ha volgut estafarlos». «Sí». «Vosté no es un agent deis jueus, vosté només es un pocavergonya». «Exacte». — D'on Ruano sortí com a agent d'informació dels alemanys, amb un bon sou, encarregat d'informar-los sobre el moviment monárquic a Espanya, cobrint-se amb la seva amistat amb don Joan. «Pero enganya als alemanys», afegeix M. D.”. Todo un personaje que se autocalificó como “una mezcla del marqués de Sade y de don Esteban Bilbao” (el duradero presidente de la Cortes franquistas, elevado por el generalísimo a un marquesado que mandó extinguir Pedro Sánchez)
Dos personajes que demuestran fehacientemente que la excelsitud literaria o artística no son necesariamente garantía de grandeza moral. Peor aún en estos tiempos que corren ahora mismo, porque las modernas tecnologías han ofrecido nuevas herramientas para ejercer toda suerte de tropelías con insospechada e inmerecida repercusión. Y con el grave peligro sobreañadido de la creciente minusvaloración de la capacidad crítica de nuestra sociedad. ¡Qué no hubiera hecho en esta calendas y con los nuevos mimbres disponibles César González Ruano! Por no imaginar la alferecía que le habría causado a Céline comprobar el agresivo imperialismo actual del pueblo que tanto denostó…
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