Walter Riso: "Hay una nostalgia feliz que huele a infancia"

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Walter Riso

Walter Riso retrata la inmigración italiana en Argentina en 'Pizzería Vesubio'


Walter Riso, conocido como psicólogo clínico y formador de terapeutas, se estrena en la novela con 'Pizzería Vesubio' (Espasa), una historia que mezcla biografía y ficción en la que relata la vida de Andrea Merola. Tanto Walter como Andrea nacieron en Nápoles, llegaron de pequeños a Buenos Aires, y ya de adultos hicieron el viaje a la inversa para conocer sus raíces.


En la novela, la familia, los recuerdos, los olores y los sabores son importantes, ¿a qué sabe la nostalgia del inmigrante?


Hay una nostalgia feliz que huele a infancia, para algunos será el café con leche, para otros la pizza y para otros la tortilla de papas. Para mí, la nostalgia no es un recuerdo. Si tú vas a la tierra que extrañas, la nostalgia sigue ahí, y cuando vuelves, la nostalgia perdura. La nostalgia es una realidad que está metida en tus huesos.


La memoria es emocional básicamente. La nostalgia feliz genera añoranza y te deja atado a tus raíces. El día que uno no tenga nostalgia habrá perdido su identidad. Hoy día, con toda la inmigración que hay, por la crisis, la gente joven que yo conozco que va a otra parte, lo primero que hacen es preguntar dónde hay un lugar en que se venda chorizo español o jamón.


¿Cuando uno emigra, se lleva también sus propias recetas?


La comida es algo muy básico que crea vínculos. En Italia o en España la cocina es un ritual. Era imposible hablar de inmigrantes sin los olores y los sabores. Cada cocina de inmigrantes es un laboratorio experimental porque si vas mañana a Japón y quieres hacer una cocina de papas ¿cómo lo haces? ¿con qué huevos? ¿y dónde hay cebolla? Y dirás cómo es que aquí no me está saliendo igual. Ese reproducir las recetas es como sentir que la patria todavía está ahí.


¿Para describir tan bien la elaboración de platos, hay que ser buen cocinero?


Yo soy buen cocinero. Diría que si no hubiese sido psicólogo, hubiera montado un restaurante. La Pizzería Vesubio existió, en otra parte, pero fue real, y desde chiquito mi iniciación a la cultura italiana fue aprendiendo a cocinar. Todas las recetas que pongo en el libro son reales, y cuando escribía el libro las preparaba. Me sentaba con una parmigiana de berenjenas y de zuccini, por ejemplo, y ponía música. Es algo como interactivo, veía las imágenes y las reproducía.



En la novela, tanto el protagonista, Andrea Merola, como otros personajes, a veces observan un objeto y les transporta a otra época. ¿Qué importancia tienen los recuerdos en el presente?


Yo pienso que somos memoria. Ver el presente sin la memoria quizás lo haya hecho Buda o profesionales de mindfulness y la meditación, pero en esa época los inmigrantes llegaban como polizón en el barco, sin saber el idioma, sin un peso en el bolsillo, y sin fotos. No había fotografías.


Andrea ve una sola fotografía. Es como que no había historia, entonces ¿la historia dónde iba a estar? ¿Dónde estaban las raíces, la identidad? En la memoria. Todas tus experiencias están en la memoria, por eso es difícil crear algo totalmente nuevo, porque siempre está agarrado de lo antiguo.


Andrea recorre ciudades en las que tú también has estado, como Buenos Aires, Nápoles y Barcelona. ¿La mirada de Andrea, en cuanto a descripciones, es también la tuya?


El libro tiene muchas cuestiones biográficas y también tiene mucha ficción, pero las sensaciones son las mismas, ubicadas en otro sitio o en otro momento. Hay partes que me pasaron, o que ya no sé si las imaginé o si realmente ocurrieron. Como algunas de las personas napolitanas han fallecido, tengo una tía de más de 90 años, no tengo a quien preguntar. Andrea sí tiene a quién preguntar, yo no. A veces escribo sobre cómo me hubiera gustado que hubieran sido las cosas.


¿En qué casos?


Por ejemplo, en la relación hijo-padre. Es una línea narrativa muy fuerte. Leí otros libros, algunos de Paul Auster, sobre esta relación y veía que los padres eran diplomáticos, gente importante… Mi papá era un desastre, no tenía cómo vivir, salía todos los días con un sombrero de marinero puerta a puerta para ver a quién podía vender telas falsificadas, igual que mis tíos.


La mayoría de esas lecturas no me sirvieron, a excepción de un autor italiano, César Pavese con ‘La luna y las hogueras’. También estoy influenciado por Colombia, como ‘Cien años de soledad’. Hay algo de neorrealismo. No digo que la pizzería sea un Maconco napolitano, pero hay escenas que uno pensaría que son no reales y, sin embargo, ocurrieron.


¿La Pizzería Vesubio es un personaje más?


Es un personaje que tiene vida, es como un catalizador, y Andrea, que es psicólogo, monta una consulta en la pizzería, que ya es raro. Ahí adentro está la esencia misma de la identidad. Años después, él lo compara con Barcelona. Él vivía junto a un gran mercado, el Spinetto, que era un hervidero de gentes, comidas, olores, gritaba uno ‘alcaparras napolitanas’ e iban todos hacia allí corriendo. Cuando llega aquí y ve la Boquería, se asusta, porque la ve como una boutique de comida, porque no están los olores del mercado, lo ve muy organizado.


Ahí empieza a reproducir, que es lo que le pasa un poco cuando su familia llega a Argentina, que es que empieza a extrañar y a comportarse como un inmigrante, y dice que el mar no tiene olas. Finalmente, se deja atrapar por Barcelona, la guapa, que es también la gastronómica.


Ser psicólogo, ¿te ha ayudado a crear perfiles muy creíbles de personajes? La madre que lo hace todo por el niño o la primera novia de Andrea, que resulta insoportable, están muy bien definidas.


Me ha servido mucho, aunque he tratado que no se note al psicólogo. Creo que los personajes tienen una evolución lógica y una coherencia, algunos son entrañables y otros no. También me ha servido haber hecho teatro durante muchos años, y he escrito para teatro amateur. Eso me sirvió para los diálogos, hay escenas que son teatrales.


Como cuando los hombres italianos de la misma familia se preparan para un ajuste de cuentas y cada uno se sitúa en un lugar estratégico preparado para la pelea, es como una película de cine.


Es una película de neorrealismo italiano, que mostraba las cosas duramente y como eran. También cuando hay un mafioso en el bar y la familia lo defiende. Lo psicológico está ahí, en cambio, el regreso de Andrea a Nápoles es muy personal, es casi mío. Fui a ver exactamente dónde había nacido. También quise alejarme un poco de militares en las oficinas. Hay una experiencia dura, pero eso lo paso de costadito. Tampoco hablo de Franco en España.


Hay algo muy impactante para la gente que venía después del 75 que nunca he visto escrito: la gente que venía de Argentina venía de una dictadura que es un agujero negro, y llegaba aquí, que es una supernova, que era la democracia, con todo su destape, que se podía pensar en la calle. Ese cambio que sufre Andrea también es impresionante.


Es como si estuvieras en la cárcel y empezaras a saborear la libertad. Me gustaba que se enamorase de una andaluza porque también hay una historia fuerte de inmigrantes. La pedida de mano que describo también me pasó a mí, pero en Colombia.


¿Por qué te lanzaste a la novela, después de 25 libros traducidos a 13 idiomas?


Cuando escribo psicología, tengo que ser muy responsable, y eso implica buscar evidencia empírica, traducir adecuadamente… Pero aquí no sentí eso, sentí cierta libertad, cierta alegría. Sentí que tenía que ser menos responsable.

Quise dejar ese testimonio a través de la ficción, pero quise escribir para mí, fuera de mi rol de psicólogo. 


Espero que quien lo lea la disfrute tanto como yo escribiéndola. Yo lloraba, reía, pasaba por mil estados. Es un regalo que me hice a mí mismo y quise hacérselo también a mis lectores, sin pretensiones. Eso es lo que me salió. Quedé contento, y creo que no la podría hacer de nuevo, no sería capaz, es que hay cosas que me salieron, que ahora las leo y pienso ‘esto, de dónde salió’ y salió de lo más profundo mío.


¿Cómo creaste a Andrea?


Andrea es un poco el antihéroe, al final tiene un acto de dignidad muy fuerte. Es un buen tipo que pasa por muchas peripecias: la traición que sufre, perdonar al amigo, perdona lo que los napolitanos piensan que no deben perdonar, y también perdona a la mamá. Hay secretos, como en todas las familias, cosas que no se deben contar, o que se deben contar pero cuando hay que hacerlo.


¿La vida cotidiana ya tiene su complicación por sí misma?


Sí, en lo cotidiano ya está el conflicto, a veces no hay que buscar grandes tramas porque el día a día ya las da. Muchos de los personajes de ‘Pizzería Vesubio’ no resuelven sus contradicciones, siguen con ellas hasta el final.


Los secretos y lo que no se dice marcan mucho, ¿más que conocer estado civil, domicilio, estudios y trabajo?


Cuando a uno le preguntan quién es, dice soy periodista, o soy psicólogo, estoy casado y tengo dos hijas. He tenido una relación con mi padre muy complicada, eso no lo decimos, no nos presentamos con nuestra identidad. 

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