miércoles, 28 de octubre de 2020

​Líos heideggerianos

Miquel Escudero

Heidegger


Los artistas famosos suelen tener hermanos sin renombre y con los que se relacionan a veces con intensidad, fue el caso de Van Gogh con Théo, de Unamuno con Fernando, de Heidegger con Fritz; el apellido queda en propiedad de los nombres célebres. Veamos el caso de este último. 'Herder' acaba de publicar un breve libro con la Correspondencia (1930-1949) entre Martin y Fritz Heidegger. Cinco años menor que el filósofo y “la única persona con la que en verdad puede contar es su hermano”, según escribió Hannah Arendt en 1952. Era culto y tenía un defecto en el habla. En 1931 le confesó a Martin que le repugnaba “el politizar vulgar”, que se había despedido de la política del partido y que tomaba nota sólo de los propios sucesos y que se formaba un juicio de ellos sin guiarse por los periódicos. En 1933 se refería las marchas de antorchas y calificaba a Göbbels de ‘dictador de la vida espiritual de Alemania’, que tendía ‘a un colectivismo espiritual, a un pastor y un corral de ovejas’. Asimismo, le decía a Martin: “no sé si es puro engaño o no, pero una determinada actitud y la mirada de Hitler en las imágenes actuales me recuerdan con frecuencia a ti. Ya solo esta comparación me ha conducido en ocasiones a la conclusión de que Hitler es un tipo extraordinario. Pero no acabo de fiarme de dos cosas”. Por su parte, Martin, recién elegido rector de Friburgo, le dijo que ingresaba en el partido nazi por la conciencia de que solo así era posible purificar y esclarecer todo el movimiento: “Aunque tú de momento no te decidas a hacer lo mismo, te aconsejaría que te prepares interiormente para una adhesión, y que de ninguna manera hagas caso a las cosas bajas y poco loables que se producen en tu entorno”. 


Ya en 1937, daba prioridad a meditar y a reconocer que aunque no tengamos la verdad, hemos de estar dispuestos a preguntar por ella. 


El filósofo no conoce el ‘pesimismo’ (que unía a la representación de un mosto agrio en vasos de un color muy dudoso). En 1939, deploraba que en todas partes se quisiera evitar la guerra, y que se pretendiese resolverla agotando los nervios. Dos años después, señalaba que el aroma de nuestra prensa no le gustaba nada. Y reivindicaba la serenidad interior y la alegría por lo esencial e indestructible. Y ya en 1947, ‘desnazificado’ a la fuerza, mencionaba la objetividad vacía de contenido y declaraba que la esencia de la verdad es la libertad: O renueva el mundo o llega el final. 

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