miércoles, 24 de julio de 2019

​El órdago de la colisión

Miquel Escudero

Artur mas puigdemont 03092018


Licenciada en Periodismo y en Políticas, Lola García es directora adjunta de La Vanguardia. Ha publicado 'El naufragio' (Península), una crónica sobre ‘la deconstrucción del sueño independentista’. Su grado de información es insólitamente elevado. No me interesa tanto señalar aquí los encuentros descritos del Astut con Pérez de los Cobos, presidente del TC, en un convento, como subrayar algunas frases de la autora que me parecen determinantes en un cuadro que no admite equidistancias seráficas. El Parlament vivió jornadas en las que hundió su reputación, en especial "los días 6 y 7 de septiembre pasarán a la historia de Cataluña como jornadas ignominiosas para sus instituciones". El contenido de la Ley de Transitoriedad Jurídica "establece un evidente sometimiento del poder judicial al ejecutivo". Una aberración contra la democracia liberal que, de forma suicida e incomprensible, no se destaca lo suficiente. Parece inverosímil.


Hubo instrucciones precisas e inequívocas de calentar al máximo las manifestaciones. El ahora o nunca. El voto de tu vida. Sólo hace falta atreverse. Soluciones drásticas sin costes y con sonrisas. Hacer ver que todo estaba listo para seguir el "mandato de la calle".


Hasta poco antes de la 'embestida final', muchos no se enteraron de lo que estaba estallando: David Madí, tramoyista del procés, presidía el consejo asesor de Endesa en Catalunya. Y Carles Viver Pi-Sunyer, vicepresidente del TC entre 1992 y 2001 facilitaba sin hacer ruido la arquitectura jurídica de los pasos a seguir. Con Mas y con ellos dos, el independentismo dejó de ser algo de unos pocos radicales; las placas tectónicas llevaban años muy estimuladas. Se disparó la pasión por la pompa; como muestra, un botón: tras firmar la convocatoria del 9N, Mas envió de inmediato al Museo de Historia la pluma que había usado. Teatro y fanfarria. Y ningún Estado brindaba apoyo a los secesionistas.


Mas dio un paso al lado y consintió el chantaje. Pusieron en su lugar a Puigdemont, a quien él no conocía y que no fue su marioneta. Un cúmulo de recelos y desconfianzas entre los separatistas se unió a la creencia de que el Estado no se atrevería a intervenir. Malaconsejados y confiados según su orgullo supremacista. "Junqueras nunca habla con sinceridad cuando hay más de una persona enfrente. Solo si la conversación es cara a cara, en privado. Y no siempre". ¡Menuda tropa! 

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