Ilustración y virtud

Miquel Escudero

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‘¿Mi vida a quién importa?’, se preguntó en 1860 Concepción Arenal, cuando tenía cuarenta años de edad. ¿Os importa a vosotros saber quién era esta mujer? Una visitadora de prisiones gallega, periodista y licenciada en Derecho; una persona ejemplar y eminente, de fuerte personalidad y que supo lo que es el dolor. La profesora Anna Caballé le ha dedicado una sesuda y apasionada biografía: Concepción Arenal (Taurus). Con 9 años quedó huérfana de padre, a él le dedicaría quince años después versos como los siguientes: "¿Me escuchas, padre mío, tú que habitas sereno el claro Cielo? Sí escucharás. Lo espero". Pretendió siempre ser hija digna de un padre virtuoso. Quedó viuda con 37 años y con tres hijos; no se volvió a casar.


Anna Caballé destaca que su fecundidad intelectual alternaba con momentos de verdadero desánimo: "¡Oh, Cielos! ¿Por qué obrar si soy una voz que nadie escucha?"; ese cielo que invocaría a menudo, en 1882: "ese misterio profundo, esa aspiración del mundo hacia otro mundo mejor". Para ella, no obstante, la verdadera dignidad (motor de su vida) era el respeto de sí misma. Y luchaba contra el fatalismo y la apatía con que se acepta lo que no es de recibo. Su biógrafa destaca en la joven Arenal un evidente complejo de superioridad, "que más adelante sometería con todas sus fuerzas", y que "merece una lectura de género: ¿acaso no puede verse como la respuesta de una mujer joven que se sabe brillante e inteligente y que protesta contra la inferioridad que la sociedad tiene reservada a las mujeres en 1840 ostentando su valía y su desprecio al mundo que la margina precisamente por ser mujer?".


Con continuos problemas de salud, Concepción Arenal se mostró activa defensora de los oprimidos y los débiles, ya fueran heridos de guerra, enfermos o criminales (de quienes insistía en que son personas y no cosas). Trabajó con indomable tenacidad en el fomento de un cambio de sensibilidad de las autoridades y del pueblo en general, en favor del bien público. En 'Cartas a los delincuentes', uno de sus 23 libros publicados en su obra completa, les pedía que mirasen cara a cara el daño que hubieran ocasionado y que adquiriesen el hábito de la reflexión. Pero denunciaba que salían de la cárcel peor que entraban. Además de medidas concretas de mejora, postulaba ‘ilustración y virtud’ como las mejores armas contra cualquier tiranía.

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