martes, 18 de febrero de 2020

​Monjas catalanas

Miquel Escudero

Monjas, religiosas


De niño me chocaron unas palabras que le escuché a mi madre -una mujer devota- dirigidas a mi hermano mayor: “para los cristianos, nuestra patria es el Cielo”. Afirmación que le era compatible con saberse española: “Per Catalunya i l’Espanya gran!”, le oí decir varias veces. La verdad es que siempre he sentido rechazo por los clérigos y las monjas dominados por la pasión nacionalista; y, sea cual sea el objeto de su delirio, los veo como impostores o desequilibrados.


La profesora Rosa Mª Alabrús, una investigadora magnífica y minuciosa, ha publicado ‘Razones y emociones femeninas’ (Cátedra), libro donde analiza la pluralidad de actitudes sobre ‘lo que debía ser’ la religiosidad femenina entre los siglos XVI y XVII. Se ha fijado en las monjas catalanas del Barroco, estudiando sus epistolarios y relatos de sus visiones o revelaciones espirituales. La mujer de referencia de estas páginas es la dominica Hipólita de Rocabertí, que profesó a los 16 años y fue priora con 19, cuya obra refleja una mística heredera de Teresa de Jesús, “con más carga intelectual y menos llaneza literaria”; más encerrada en sí misma, no tuvo la capacidad de distanciamiento con respecto a sus visiones que tuvo la abulense. Su sobrino Juan Tomás de Rocabertí promovió su beatificación, un proceso que se estancó antes del XVIII. Con la Guerra de Sucesión, los austracistas postularon que subiera a los altares y Pere Serra y Postius, su principal glosador, instaba rogar por la canonización de Hipólita para que intercediera a Jesús a favor de Barcelona en el sitio de 1714; era sobrina de Jerónima de Rocabertí (priora del convento barcelonés de los Ángeles) y prima de Estefanía.


Fue habitual que en una misma clausura se concentraran monjas emparentadas entre sí, lo que generaba grupos de influencia. Se citan casos de novicias que con 2 años entraron en un convento, como el de Angélica Cassador. O las intervenciones de la Inquisición catalana contra un misticismo heterodoxo. Se estudia la violencia doméstica y el convento como espacio de autonomía (con el caso de Ángela Serafina Prat). Otro referente fue Ana María de San José, nacida en 1581 y que siendo ciega fue abadesa en 1627. Sobresale la todopoderosa influencia de los confesores, lidiando entre las efusiones sentimentales y una excesiva meditación. La figura de Juliana Morell, con su voluntad de raciocinio ante la ‘invasión mística’, merecería una biografía completa.

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