martes, 24 de noviembre de 2020

Trías en un ecuador

Miquel Escudero

Echo un vistazo a unas carpetas olvidadas en mi despacho y me encuentro con el recorte amarillento de un artículo de prensa. Se trata de ‘Naturaleza y cultura’ y su autor es Eugenio Trías. Fue publicado el 20 de noviembre de 1997, no hace todavía 23 años y justo cuando hacía 22 años de la muerte de Franco.


Eugenio trías imagen


En esa fecha equidistante en el tiempo, Trías denunciaba la tergiversación de la propaganda nacionalista con que los catalanes estábamos siendo bombardeados, durante los cerca de dos decenios que ya se llevaban de hegemonía pujolista. Aludía el filósofo barcelonés a “los deseos y las urgencias oportunistas del nacionalismo realmente existente, el que gobierna sin oposición”, que presionaba el sentir común; unas imposiciones que generaban un sordo y profundo malhumor personal y malestar social. “Si es preciso, se inoculará en la lengua el virus nacionalista con el fin de suscitar, en el más íntimo y cordial de los hechos culturales, un factor de disidencia y de potencial discordia civil. Y ello con la venia del gran partido de la oposición”, el cual se ha sumado a precio de calderilla, decía, a “un siniestro pacto lingüístico”, con leyes coercitivas. Un disparate cultural para acabar con el bilingüismo real.


Trías refería su tremenda sorpresa por unas declaraciones del poeta y pintor Narcís Comadira calificando el castellano como una lengua que no es natural de los catalanes.


Como verán, nuestra sociedad sigue progresando a paso firme por el camino de la ilustración, abordando los problemas que importan para el incremento de la libertad, la igualdad y la fraternidad entre los seres humanos. Debemos estar orgullosos y satisfechos. ¿No les parece?

Dicho esto, releo lo que llevo escrito y me da por pensar por mí mismo. Me olvido de tribus y ‘naciones’ y me siento sólo ciudadano de a pie, aspirante a no quedar encerrado por un guión hecho por otros y de un modo incontestable.


Eugenio Trías hablaba del nacionalismo catalán que presionaba el sentir común e inoculaba un virus en la lengua que había de generar discordia civil. “Y ello con la venia del gran partido de la oposición”. (Digamos su nombre en voz alta: el PSC, cómplice a precio de calderilla de “un siniestro pacto lingüístico”. Debieron de pasar más de siete años para que se fundara la plataforma cívica de Ciutadans; a quienes la cúpula del PSC siempre ha rechazado de plano, quizá por ver en ellos un peligro de competencia en su espacio, síntoma de un miedo apenas disimulado bajo la capa de un puritanismo de etiquetas; por esto prefieren ir con ERC y otros).


Francesc de Carreras llegó a hablar con sarcasmo del PUC (Partido Unificado de Cataluña), constituido por CiU, ERC y PSC más IC; todos unidos, de forma gregaria y en orquesta, por el asfixiante e innegociable dogma nacional. A partir de él, es posible deducir todo lo que se quiera y hacerlo verdadero e indiscutible. De este modo, los principios de la izquierda clásica se desvanecen ante la acción de masas del poder nacionalista.


Acaban de fallecer Paco Frutos y Juan Marsé. El primero fue secretario general del PCE durante once años (entre 1998 y 2009) y llegó a pronunciarse desde Societat Civil Catalana con toda rotundidad contra el separatismo y su esencia reaccionaria. De Juan Marsé recuerdo sus magníficos libros que, aunque los oculten estarán siempre a nuestro lado, y me es imposible dejar de tener presente la muestra de afecto que mostró hacia mi hijo (un chaval de trece años que le hizo una pregunta en la presentación de un libro); el insólito respeto en público de una figura literaria hacia un crío. Pues bien, los talibanes del separatismo y de los fondos públicos de la Generalitat le niegan su condición de escritor catalán: o traidor o marciano.


Así las cosas, me declaro aquí ‘marciano’ y ajeno a los señores de la tierra. Me importa un comino su proclama de normalidad catalana y el desprecio automático que puedan escupir. Por su estulticia, esta hostilidad sectaria merece ser respondida con desdén, pero también con indiferencia a la gloria efímera y la ganancia económica que esta gente pueda asegurar. Sin queja y conscientes de la calidad que se pueda tener sin reconocimiento debido. Hay vida fuera de ellos.

Sin embargo, importa mucho llegar a derrotarlos en las urnas. Algún día se producirá. Y para esto hay que trabajar con perspectiva, tener claro lo que queremos y lo que no queremos. Y saber muy bien de quiénes no podemos fiarnos porque no pueden vivir sin sus etiquetas, con las que están acostumbrados a enredar y hacernos callar. 

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