Las siete vidas de Cs

Miquel Escudero

El CDS no sobrevivió a Adolfo Suárez, pero creo que Cs va a sobrevivir a Albert Rivera. Explicaré algunas de mis razones.


Cuando fundó el Centro Democrático y Social (una ‘y’ sugerida por Carlos Seco Serrano, quien aducía que lo democrático no admite calificativo; así me lo contó el docto historiador) Suarez había perdido la esperanza de reconducir la UCD. Fue una lástima. Yendo de su mano, UCD era una marca ganadora, lo fue dos veces seguidas. Siempre pensé que lo preferible era mantenerse en esa coalición de partidos y refundarla en bases más sólidas que las iniciales; y pasar luego, si se quería, a denominarse CDS, para consolidar una firme voluntad socioliberal, irreductible a lo que se reclama centro derecha. Recuerdo que Julián Marías le recomendó a Adolfo Suárez apartarse de la política durante un tiempo y regresar luego, colmando una añoranza de buena parte del electorado. Pero el duque no quiso esperar y emprendió de inmediato una tarea quijotesca, una travesía por el desierto larga y que acabó en doloroso espejismo.


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Adrián Vázquez, eurodiputado de Cs, con Inés Arrimadas


Cuando Suárez abandonó definitivamente la política, la vía liberal igualitaria (diferenciada de las organizaciones socialista y conservadora) se echó a perder una vez más en España y se difuminó. Las maquinarias de PP, PSOE y CiU fagocitaron a buena parte de los cargos públicos de CDS; la carne es débil, más aún en quienes apenas tienen convicciones. Desde la órbita ‘popular’ se insistió en que el principal objetivo nacional era echar a Felipe González, lo que exigía el voto útil y absorber y agrupar el voto de ‘centro derecha’.


Ahora la historia se repite con variaciones inevitables. Hay que sacar del poder a Pedro Sánchez, quien mintió con su moción de censura (es verdad, pero Mariano Rajoy le facilitó su ascenso al no dimitir), que gobierna con los populistas y escoge a los separatistas como apoyo preferente. Albert Rivera quiso entonces liderar el centro derecha. Y cegado por su ambición personal, renunció a ser bisagra para ser un figurante desubicado. Y, lo peor, traicionó el proyecto de Cs.


Rivera, contra lo que se ha repetido, no fundó Ciutadans. En su primer manifiesto, hace quince años, la plataforma cívica declaraba que su objetivo principal era “devolver la política al espacio público y desligar su gestión de las ataduras sentimentales”, en referencia al nacionalismo rampante, porque los territorios carecen de derechos y éstos solo los tienen las personas, los ciudadanos. Cs quería contribuir al restablecimiento de la realidad e invocaba el debate racional desde el espíritu crítico. Esa y no otra fue su razón de ser. No ir a la defensiva, sino a derrotar sin complejos la exclusión y sinrazón nacionalista.


Ya en Madrid, Rivera se apuntó con frenesí y estulticia a la verborrea de la vieja y la nueva política; mercadotecnia hinchada con frases huecas y tono pueril. La política, su arte y sus artimañas, siempre es vieja, otra cosa son los políticos. ¿Pero es preciso señalar que también hay jóvenes que sostienen posiciones arcaicas?


Rivera desfiguró el ideario del partido de la ciudadanía que propugnaba actualizar y recuperar “los principios y valores que nos ha legado la mejor tradición política europea, la del liberalismo progresista y del socialismo democrático”. Se cargó la referencia a éste para quedarse en exclusiva con la liberal. Y eso que flirteaba de modo irresponsable, al repartir elogios no ya a Suárez, sino a González y a Aznar, todos a la vez y sin distinción; un despropósito. Por si fuera poco, impostó su condición liberal cuando menos lo era en su propio partido (gobernado con castigo a la discrepancia y con premio a la sumisión), donde estableció un régimen de cacicato (que aún colea) con un talante en los antípodas de un auténtico liberal. Una corte de aduladores de Rivera, engreídos y desdeñosos de las aspiraciones de los más abnegados y desinteresados compañeros de partido, montaron el retablo de Maese Albert y lo desvencijaron cuando dejó de serles útil.


Tanto da que haya abundantes fugas de Cs bien programadas, incluida acaso la del propio Rivera (¿convertido en caballo de Troya de los populares?). El partido que él no fundó pero que aupó casi a la cima tiene una labor insustituible que hacer, tanto en Cataluña -sus orígenes y primera razón de ser-, como en el resto de España. Confío en que personas valiosas de Cs se presten a escuchar con respeto y a razonar con sensatez y competencia, y que suscriban lo que Ortega pedía para la Liga de Educación Política Española. En su prospecto de 1914, éste alentaba a “la intervención vigorosa y consciente en la política nacional”, por ser un deber de todos. Con cualquier motivo, siempre hay buitres alrededor para devorar lo que tiene razón de ser para el “aumento moral y material de España”. Creo que si Cs recuperase su espíritu fundador y dejara de descorazonar a sus bases y a sus votantes, su porvenir estaría despejado y haría su mejor servicio.


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