Libre y desacomplejado: ‘no recomendable’

Miquel Escudero

El célebre juglar Albert Boadella es un buen escritor y lleva publicados unos cuantos libros. Parte del confinamiento, según cuenta, lo dedicó a preparar otro nuevo: ‘El Duque’ (Espasa). Confesaré que algunas de sus páginas me han hecho reír con placer. Así, cuando explica una agradable reunión a la que asistió con Dolors, su inseparable mujer, invitados por Felipe González. Fue en la bodeguiya de la Moncloa, y les acompañaron Antonio de Senillosa, Santiago Dexeus, el escultor Xavier Corberó y ‘un joven aristócrata sevillano’.


Albert boadella manifestación tabarnia

Albert Boadella (EP)


Diez años después, y de forma casual, se reencontró con Ignacio Medina Fernández de Córdoba, el duque de Segorbe, restaurador y conservador de edificios antiguos e históricos por toda España. Su madre era la duquesa de Medinaceli, la persona con más títulos nobiliarios de toda la historia de España; cincuenta y dos. A saber: 8 ducados, 20 marquesados, 20 condados y 4 vizcondados. Ella estableció en 1978 la Fundación Casa Ducal de Medinaceli, de la que Boadella es hoy vocal de su Consejo de Vigilancia.


El dramaturgo y actor se define como un desconfiado crónico, pero le satisface poder entablar una estrecha relación con gente muy distinta a él. En cualquier caso, tiene por evidente que nada apreciable distingue hoy a un ciudadano de Cáceres de otro de Berlín. Pero cree que su amigo el duque le tiene en mejor consideración por su persona que por su oficio, y dice que ambos comparten un escepticismo absoluto respecto a las administraciones públicas. Para Boadella lo que más les une es compartir insólitas obsesiones, por encima de situaciones y herencias personales que son muy distintas. En cualquier caso, dice que “hacerse adulto significa ampliar la esfera de adhesiones sentimentales”; lo que me parece acertado.


De pasada, Boadella reflexiona sobre el papel de la nobleza y su dignidad. “Un duque en pantalón corto queda rebajado de por vida a un burgués de urbanización”. Se plantea la carga que el pasado familiar ejerce sobre cada uno de nosotros: “El anonimato de una familia se convierte en una protección. Desconozco los desastres que pudo perpetrar mi tatarabuelo, si los hizo. No es un detalle baladí. Lo demuestra el hecho de que en la mayoría de la gente pervive un impulso de blanquear la vida y obra de sus antepasados más directos”.


Valora que un heredero asuma no ser propietario absoluto, sino ser sólo un depositario que debe conservar y mejorar lo heredado. “Me interesan las causas por las que un hombre renuncia a su herencia personal para dedicar su vida a una obra imponente cuyo provecho se extiende desde lo privado a toda la sociedad”.


Con esta mentalidad se formó el Archivo Histórico de la Nobleza, que John Elliott considera una de las iniciativas archivísticas más importantes de los últimos tiempos en Europa, con el fin de evitar el deterioro y la desaparición de documentos olvidados. Es una superación de la idea de distribuir un patrimonio histórico solo bajo intereses particulares. La propiedad privada y la responsabilidad pública; un asunto siempre vigente.


Por otro lado, Boadella alude a la gente predispuesta a embestir a quien intente ir más allá de la medianía, forman parte de una “inquisición igualitaria que fiscaliza cualquier actitud preeminente de un ciudadano”.


El autor cuenta que la Real Academia Española se planteó incorporar a una personalidad del mundo teatral y que ‘alguien’ pensó en él, pero el académico Luis María Anson, tras glosar sus virtudes profesionales como dramaturgo y escritor, se opuso a su elección porque “se interpretaría como una provocación a Catalunya” y les hizo tocar madera a sus compañeros. De ser así, tal como explica Albert Boadella, es de pena. En los antípodas de la mejor nobleza, y en frase manida y vulgar, se podría decir: ‘Es lo que hay’.

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