El fin del diálogo, otra vez

Alex Fergusson
Ecólogo. Negociador. Profesor-Investigador. Universidad Central de Venezuela. Columnista del diario El Nacional.

La poca disposición a negociar del gobierno nacional ha quedado en evidencia, otra vez. Primero fue en 2019 cuando se ausentó de la mesa de negociación mediada por Noruega, en Barbados, habiendo desatado previamente una feroz persecución contra los líderes de la entonces Asamblea Nacional, dominada por la oposición.


En términos de la teoría de la negociación, en el ámbito de la construcción de la paz, se dio un paso atrás, pues el gobierno pasó de la Fase 2 donde las partes se reconocen y reconocen sus diferencias, pero aceptan coexistir, a la Fase 1, donde priva el antagonismo total, sin reconocimiento del “otro” y donde la expectativa del gobierno es la aniquilación o la rendición del “enemigo”.


Es decir, la GUERRA.


Un hombre pasea junto a un mural contra las elecciones parlamentarias de Venezuela

@EP


No se le dio espacio al encuentro, a la identificación de intereses, ni a la voluntad de diálogo. En síntesis, no hubo reconocimiento del otro, ni generación de confianza, ni flexibilidad y mucho menos tolerancia por parte del gobierno. Todos los procesos transformativos de mediación y encuentro fueron cancelados.


Enseguida se regresó a la lógica de guerra con rumbo de colisión que ha caracterizado al régimen, agravada además por un despliegue militar sin precedentes en la frontera con Colombia, un discurso guerrerista y una actitud altamente agresiva contra toda disidencia.


Una de sus primeras acciones de provocación oficial, luego del fin del diálogo, fue la amenaza de un “Censo de Población y Vivienda”, que estaría a cargo de la “Milicia Bolivariana”, de las Comunas, de los Consejos Comunales y de voluntarios de un movimiento político creado por el presidente para su campaña electoral. Su propósito era identificar las viviendas desocupadas (la mayoría propiedad de los que emigraron) y hacer un registro minucioso de las personas que habitan las que están ocupadas. Puro y simple control de la población al mejor estilo cubano.

Ahora, julio de 2021, se repite la historia y el diálogo-negociación llegó a su fin, pero por la vía de un recrudecimiento de la voluntad autoritaria del gobierno con la amenaza de permanecer en el poder “a como dé lugar”.


La reciente persecución, arresto y desaparición de importantes líderes opositores, de ONG’s y de periodistas, justificadas por haber informado sobre los enfrentamientos con la guerrilla colombiana en la frontera sur-oeste; o por unos supuestos nuevos intentos de magnicidio, que iban a ejecutarse el pasado 5 de julio (día de nuestra Independencia) o por la acusación de que algunos de ellos fueron promotores de la rebelión de las megabandas de delincuentes que aterrorizó durante varios días a la población de importantes barriadas de Caracas, pero que originalmente el gobierno apoyó con armas y bagajes, así como con amplios poderes en las llamadas “Zonas de Paz” que creó; conformó el ambiente de tensión social que hoy vivimos y que nadie desea.


Por supuesto, no es coincidencia que estas arremetidas oficiales contra los opositores y disidentes, y la reafirmación de aferrarse “con uñas y dientes” al poder, tengan que ver con los recientes actos de rebelión del pueblo cubano, la profundización de la crisis social y económica del país, la amenaza que significa para el régimen las próximas decisiones sobre las acusaciones de crímenes de lesa humanidad que pesan sobre él y el recrudecimiento de las sanciones por parte de los Estados Unidos de Norteamérica y de la Unión Europea.


Se trata de algo así como “poner sus barbas en remojo”.


Así pues, con la exacerbación del componente militar-guerrerista, el futuro inmediato de la paz se ha oscurecido, para decir lo menos. Solo nos queda prepararnos para una guerra total pues el gobierno ha demostrado hasta la saciedad, que no es capaz de dar solución a los problemas que ha creado como consecuencia de: la destrucción deliberada y sistemática de las bases económicas de la nación, la corrupción obscena, el resquebrajamiento de la estructura social, la disolución de la superestructura política y cultural, la guerra psicológica que condujo a la aparición del “síndrome del quemado” (burnout), en amplios sectores de la población, todo agravado con el discurso guerrerista y la impronta militar en la toma de decisiones.


Pero no todo está perdido. El terrible impacto de la crisis económica que afecta a más del 80 % de la población está teniendo consecuencias que el gobierno no calcula adecuadamente. A ello deben añadirse los efectos de la presión política internacional, de los abusos de poder, de la corrupción, de la parálisis de la administración pública, de la represión desmedida, de la mella que hace la guerra política interna entre facciones y los choques de intereses de los grupos económicos en el seno del propio gobierno, y por supuesto, por los efectos del desastroso manejo de la pandemia de Covid-19.


Por supuesto, estaríamos en mejores condiciones para enfrentar y superar esta mega crisis, si el liderazgo de la oposición política no estuviera en estado de desmantelamiento y si el pueblo opositor no hubiera sufrido la fragmentación que impide los acuerdos y la coordinación de acciones en su seno.


Pero, aun así, es claro que: trabajo y lucha, estudio y lucha, solidaridad y lucha, esperanza y lucha, optimismo y lucha, vivir luchando en un desafío cotidiano ... es el camino que nos queda.


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