Democracia más allá del mito de Robin Hood

Jorge Martínez Lucena
Profesor de Antropología, Filosofía y Teoría de la Educación de la UniversitatAbatOliba CEU

Suceda lo que suceda el 26-J se avizora una nueva España. Sea cual sea el resultado de las elecciones, y vistas las horquillas de las diferentes encuestas, si alguien quiere gobernar va a verse obligado a dialogar y a incluir en la carpeta de negociación muchos elementos que llevaban mucho tiempo fuera de la agenda política.


Como explicaba el recientemente fallecido Nobel de Literatura Irme Kertész, la caída del muro de Berlín fue para Europa como si, en lugar de dos mundos posibles, le hubiese quedado “un único mundo real, el mundo sin alternativas del economicismo, del capitalismo, de la carencia pragmática de ideales”. En el arco parlamentario español esto se tradujo en una mayoría aplastante que apoyaba ese pragmatismo tácito, connivente con la exclusión sistémica de crecientes colectivos desfavorecidos.


Sin embargo, la crisis económica y las corruptelas políticas, hicieron aflorar las deficiencias democráticas de ese neoliberalismo esencial que se había instalado no solo en los mercados sino también en los parlamentos y en la mentalidad común. Se disparó el desempleo, empezaron los desahucios, muchas familias empezaron a necesitar ayuda para llegar a fin de mes, los jóvenes tuvieron que buscarse la vida en trabajos precarios y emigrando, el descontento creció y se condensó en las plazas del 15-M, etc.


Desde este nuevo escenario político, Unidos Podemos, con todas sus confluencias, ha sabido construir un relato capaz de movilizar a un creciente número de votantes. A este respecto, todo parece confabulado para que el mito de Robin Hood funcione como una gran máquina de votos a favor del partido violeta, de modo que incluso cuando las formaciones tradicionales intentan lanzar sobre Pablo Iglesias los adjetivos del miedo (venezolano, antieuropeísta, etc.) el “pueblo” tiende a verificar su visión de los acusadores como los malvados de la película: el rey Juan y el Sheriff de Nottingham. Cuanto más se tilda a los “podemitas” de antisistema, más simpatía se despierta hacia ellos entre los que creen que el sistema actual legitima e institucionaliza la desigualdad y ha perdido la tensión ideal hacia el bien común.


Con esto no afirmo que Pablo Iglesias sea nuestro Robin Hood salvador. El hecho de que su habilidad en la argumentación televisiva pueda parecerse al virtuosismo del forajido de los bosques con el arco y las flechas no garantiza ningún final feliz del cuento. Es conocido de todos que los populismos entrañan una cierta reducción ideológica y que pese a que hablan en nombre del pueblo y por el bien de este, su idea de lo que el “pueblo”sea entraña no pocas exclusiones y maniqueísmos.


Por eso considero que un arco parlamentario como el que se dibuja en las portadas de los periódicos estos últimos díases una buena noticia. Va a haber más gente con voz en el Congreso de los Diputados;va a reaparecer la tensión entre libertad e igualdad, tan productiva en política; va a ser menos probable que se tomen decisiones en base a convicciones estrictamente ideológicas,porque va a haber que consensuarlas con sensibilidades distintas a la propia; se va a pasar de las ideas convencidas de sí mismas a la confrontación de necesidades, deseos y certezas con el fin de construir un bien común más real y menos abstracto.


Votemos lo que votemos, vamos a las urnas sabiendo que al día siguiente tenemos un reto: redescubrir que el otro es un bien y la única garantía de democracia. O eso, o más guerra civilismo y un eterno retorno de convocatorias de elecciones.

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