jueves, 21 de octubre de 2021

¿A cada uno lo que merece?

Miquel Escudero

Mis padres murieron, pero están muy vivos en mí; una sombra poderosa y amorosa. Recuerdo oírles, siendo niño, referirse a los judíos más de una vez. Los dos coincidían en apreciar su talento organizador y admirar su constancia en el trabajo; pero no era la de ellos una actitud exagerada sino suave y sin dogma.


El profesor y escritor George Steiner ha dicho que ser judío es seguir siendo alguien que aprende. Y este querer siempre aprender incrementa la posibilidad de ‘estar del todo presente en lo que uno hace’; la gran ilusión. Yo no puedo querer ser judío, porque no lo soy. Pero sí me identifico con el afán de ser siempre estudiante y aprendiz.


A menudo se formula la cuestión de si los judíos ‘pertenecen’ a su país de residencia o de nacimiento, o son, antes que nada, miembros del Pueblo de Israel. Esto sólo lo puede dictar la propia conciencia de cada uno de ellos. “El sentir es libre, no se puede ni se debe violentar”, escribió Baltasar Gracián en el siglo XVII.


La historiadora Annette Wieviorka, del centro de investigación científica francés CNRS, acaba de publicar una interesante monografía ‘1945. Cómo el mundo descubrió el horror’ (Taurus), donde sigue el itinerario del hallazgo de campos de exterminio nazis en los meses de abril y mayo del año del hundimiento del perverso III Reich. 


Campo concentracin


Dos de los primeros testigos fueron el periodista Meyer Levin y el fotógrafo Éric Schwab. Entraron con los norteamericanos el 5 de abril en Ohrdruf, un terreno de más de 4.000 hectáreas. Seis días después descubrieron el campo de Buchenwald, donde se les hacía saber a sus internos que eran escoria, ‘merecedores’ de escalofriantes vejaciones y humillaciones; en su reja de entrada regía el lema ‘A cada uno lo que merece’. Esas tropas entrarían en Dachau, cerca de Múnich, y luego en Mauthausen.


Annette Wieviorka destaca la perplejidad y la lenta toma de conciencia de los primeros testigos ante la magnitud de esos horrores: “Liberar a los deportados no era un objetivo de guerra, apenas se había previsto nada para ellos”. No se podía ignorar la gran diversidad de escalafones que había entre los internos. ¿A cada uno lo que merecía? ¿Aquel ‘trabajo’ hacía libre, como pretendían en Auschwitz? 


Aquellos martirios nos importan, porque fueron cometidos contra personas. Y nadie puede merecer nunca esas crueldades. El cénit del interés por éstas se alcanzó en 1961, con el secuestro y juicio de Eichmann.

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