jueves, 19 de septiembre de 2019

Sin recetas, con buen amor

Miquel Escudero

Padrehijo


Fernando Savater señaló hace tiempo que para que una familia funcione de forma educativa es imprescindible que alguien en ella "se resigne a ser adulto"; esto es, que el padre o la madre no se conviertan en hijos de sus hijos o bien pretendan tener veinte, treinta o cuarenta años menos. El psicólogo Mario Izcovich dice en su libro Ser padres, ser hijos (Gedisa) que él no enseña a los progenitores a ser padres de sus hijos adolescentes, sino a fortalecer en sus relaciones familiares los vínculos de diálogo y de confianza. Para esto hay que dar valor a la palabra y al sentido de la autoridad, hay que aceptar al otro en sus diferencias y aprender a salir de las rutinas que parecen irremediables en situaciones concretas. Aceptemos a aprender sobre la marcha, sin exigirnos perfección.


No hay recetas generales que valgan para ser aplicadas sin matices. Lo que es preciso es querer de veras, con un sano amor. Los adolescentes son muy diferentes entre sí y no son un ente homogéneo, como pretende la mercadotecnia. Con frecuencia se les ofrece premios o recompensas 'por hacer lo que toca', pero como dice Izcovich niños y adolescentes deben asumir responsabilidad en sus cosas: El verdadero desafío es que hagan algo por ellos mismos y no para contentar al adulto, o embaucarlo; "éste es el nudo de la cuestión". También se les aplica sanciones de 'impotencia' que de poco sirven, mientras que otras en cambio dan en el blanco.


Como una madre ha explicado: "yo en vez de preguntarle muchas cosas a mi hijo y agobiarlo con eso, le explico alguna cosa que haya pasado durante el día, esto hace que luego mi hijo me cuente algo de forma espontánea". Es habitual el caso de padres separados que deciden comunicarse entre sí a través de sus hijos. Un muchacho ha dicho: "soy como una paloma mensajera, mi papá le quiere decir algo a mi mamá, entonces me lo dice a mí y yo se lo digo a ella y lo mismo a la inversa". 


Asimismo hay una nefasta tendencia a resolver los problemas bajo la lógica de la medicina. Tras un diagnóstico descriptivo que encaje en los manuales de moda, muchas veces se recurre a la medicación. "Son muchos los casos en los que no se acierta, con las consecuencias que eso comporta", o puedes oír a un niño de trece años de edad definirse de este modo: "soy un TDAH". 


¿Adónde se va así? 


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