viernes, 6 de diciembre de 2019

Un caso de celos, por ejemplo

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Niños




En un artículo de 1921, Freud dice que los celos, “como la tristeza, cuentan entre aquellos estados afectivos que hemos de considerar normales. […] Se componen esencialmente de la tristeza y el dolor por el objeto erótico que se cree perdido, de la ofensa narcisista […] y, por último, de sentimientos hostiles contra el rival”. En lo que sigue, lo que se dice sobre los celos vale también para cualquier otro tipo de afecto.


Todo el mundo ha sentido celos alguna vez. Son una pasión natural que surge en la infancia ante la existencia de los otros considerados rivales por el niño. Cuando los celos se hacen tan manifiestos como para acudir a un profesional, la cuestión no será tanto eliminarlos de cuajo (seguro que eso ya se ha intentado sin éxito), sino entender por qué ese sujeto concreto siente celos, en qué circunstancias ha aparecido tal estado, cuáles son los fundamentos particulares de dicho sufrimiento, qué función tienen los síntomas para esa persona, etc. Hasta que no comprendamos algo de lo anterior nada de cuanto hagamos en la clínica tendrá sentido.


Recibo a unos padres cuyo hijo de seis años actúa “desde siempre” con una actitud agresiva hacia ellos y hacia los compañeros de colegio. Ese “desde siempre” es matizado a lo largo de la sesión: “desde siempre” fue un niño movido y con carácter fuerte, pero la agresividad propiamente dicha surgió hace cuatro años con el nacimiento de su hermano. Entre otras cosas, cuentan que el padre viaja frecuentemente por trabajo y cuando está en la ciudad llega tarde a casa y apenas ve a sus hijos. La madre también trabaja, pero puede recoger a los niños del colegio y ocuparse de ellos toda la tarde. Esta madre se siente sola, está desbordada, muy preocupada y ansiosa ya que su hijo le insulta y pega, no le obedece y arma tremendas broncas. Desesperada, acaba perdiendo los papeles, gritando al niño quien le responde con más gritos. Les digo que comenzaré a ver a su hijo y hablaremos más adelante. Parece claro que el niño sufre de celos que se manifiestan en una agresividad dirigida fundamentalmente hacia la madre como, a sus ojos, única responsable del nacimiento del hermano, hacia éste como principal rival y, por extensión, hacia el resto de niños.


En la consulta jugamos. Normalmente prefiere los juegos de competición que indefectiblemente comienzan con un “te voy a machacar” por su parte. Le gano repetidamente (no conviene arredrarse ante el reto del niño sino atreverse a plantarle cara, a ver qué pasa) y él hace esfuerzos por controlar una rabia que se refleja en su mirada. A pesar de la estopa que le doy, el niño viene a gusto a las sesiones. No habla mucho, es un chico de acción. De su hermano ni palabra, como si no existiera. Lo que sí me cuenta es que apenas ve a su padre porque siempre está viajando. Sabe perfectamente donde está cada día: en París, Roma, China, etc., cuándo se va y cuándo volverá.


Mi primera recomendación a los padres es, creo, de sentido común: la madre ansiosa debe retirarse un poco y el padre, que se refugia en su trabajo, debe ocupar ese espacio para estar con el niño. El objetivo es claro: compensar la balanza, que es lo que, desde mi punto de vista, está reclamando el niño con su mal comportamiento. La estrategia no tarda en dar resultado: la mayor presencia efectiva del padre hace que disminuya notablemente la ansiedad de la madre y mejore casi instantáneamente la actitud del niño. Pero eso no basta, en este nuevo contexto favorable algo más debe operar en la subjetividad del niño para que integre la experiencia de vivir entre semejantes, para que deje de estar permanentemente en guardia ante el supuesto riesgo de perder su anterior posición de exclusividad respecto de la madre.


Otro día le pregunto al niño por el trabajo del padre. Me cuenta que tiene una empresa que fabrica determinado producto decorativo. Le digo que me gustaría ver uno de esos. A la siguiente sesión viene por primera vez acompañado del padre, me regalan una de esas cosas y la pongo en un lugar de mi despacho. Ese mismo día descubre que tengo un ajedrez y me propone jugar. Por supuesto, me quiere machacar. Le gano en dos jugadas y le pregunto si quiere que le enseñe el truco. Cuando volvemos a la sala de espera, el niño le pregunta emocionado al padre si pueden jugar al ajedrez en casa (para machacarlo con mi truco, claro) cosa que el padre acepta con aparente entusiasmo. Esta simple circunstancia servirá para afianzar más su relación al margen de la madre y el hermano. Los padres y los profesores, sorprendidos, aprecian día a día cambios muy favorables en el niño.


En la siguiente sesión le muestro el objeto que me regaló y que sigue estando donde lo dejamos. Me dice: eso no me interesa nada, mi padre siempre está trabajando, hoy llega a las nueve. Esta declaración me parece especialmente significativa y se lo comunicó por teléfono al padre para que siga tomando nota de dónde parece estar el problema.

En la última sesión hasta ahora, acude acompañado de la madre y, por primera vez, de su hermano. Una vez en mi despacho le pregunto quién es ese. Mi hermano, dice. ¡Ah, tienes un hermano! Es muy pequeño, digo. Sí -continúa-, no sabe hacer nada. Bueno, sabe caminar. Aunque antes era mejor porque no podía coger todos mis juguetes como ahora. Pero antes de eso era mejor aún porque no había nacido.


A consecuencia de los cambios de posición de los padres, el niño comienza a liberarse de su comprometido lugar y, por primera vez en años, ha podido dejar de actuar agresivamente y decir, a su modo, lo que le pasa: mi padre no está y mi hermano sí está. La propuesta de introducir al padre en la ecuación (lo cual no hubiera sido posible sin su consentimiento pero, sobre todo, sin que la madre aceptara retirarse) permite que la competición se libre en el terreno en el que inicialmente debiera haberse producido. Ahora el niño podrá vivir la experiencia fundamental de la frustración de manos de quienes deben enseñarle a funcionar en un mundo en el que existen los otros, tan distinto de aquel en el que ha estado luchando desesperadamente por brillar como único objeto de deseo de la madre, el más preciado de sus juguetes que ahora podrá compartir. Dicha intervención de la función paterna (corte en la ansiosa relación madre-hijo) está teniendo un efecto estructurante y tranquilizador en el niño y le abre la puerta a la vida social.


Comienza así a deshacerse un nudo en la subjetividad del niño, lo que le permite salir del atolladero en el que estaba y que provocaba su conflictiva relación con los semejantes. Sin la perspectiva de que el síntoma no es algo mecánico que debe ser reparado sino la expresión de un conflicto cargado de significación para el sujeto, muchos se pierden al intentar erradicarlo como si de una mala hierba se tratara, pero su raíz sigue estando viva. El resultado de dicha cirugía precipitada suele ser el reforzamiento del síntoma dado que es el único modo que encuentra el niño para defenderse de la angustia que le produce la existencia de un semejante, un rival, en un contexto de desequilibrio de las funciones paterna y materna. Por el contrario, si apuntamos a cuestiones estructurales y dinámicas es posible que, como ocurre en este caso, el niño adquiera los mimbres necesarios para orientarse mejor en un mundo lleno de otros.

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