El espejismo del 42.7: Europa no se defiende con manuales, sino con voluntad política
Solo se invocó una vez, tras los atentados de París en 2015, y más como un gesto de solidaridad que como un mecanismo operativo.
La amenaza de Donald Trump de echar a España de la OTAN, sumada a la negativa europea a involucrarse en la guerra contra Irán, ha hecho pensar en una pregunta que durante décadas se consideró retórica: ¿qué haría Europa si tuviera que defenderse sola? La respuesta, paradójicamente, ya existe en el Tratado de Lisboa. Se llama artículo 42.7 y obliga a los Estados miembros a prestarse «ayuda y asistencia por todos los medios a su alcance» en caso de ataque. Pero, como suele ocurrir en Bruselas, tener la norma escrita no significa saber aplicarla. Ante la crisis transatlántica más grave en 77 años, Europa está redactando un manual de uso para una cláusula que nunca ha funcionado como tal. El problema no es la letra del tratado, sino la arquitectura política que la sostiene. "La seguridad de Europa no puede depender de un tuit en Washington; debe depender de su propia capacidad para actuar."
Decía De Gaulle, que se las veía venir hace ya unos cuantos años.
Hasta hace poco, el 42.7 era el artículo olvidado de la seguridad europea. Solo se invocó una vez, tras los atentados de París en 2015, y más como un gesto de solidaridad que como un mecanismo operativo. Ahora, con el ataque con drones a la base británica en Chipre y la movilización ad hoc de Grecia, Francia, Italia, España y los Países Bajos, la UE quiere convertir la improvisación en protocolo. António Costa, presidente del Consejo, habla de «elaborar el manual»; la Comisión prepara un plan de respuesta; se programan ejercicios de mesa. Sin embargo, confundir la preparación logística con la capacidad estratégica es un error. Un manual no resuelve quién manda, quién paga, ni qué país está dispuesto a arriesgar vidas cuando no hay un paraguas garantizado.
Los propios expertos lo advierten con crudeza. Radosław Sikorski, viceministro de Polonia, señala: Sin modificar los tratados, la UE no puede financiar operaciones militares ni asumir el control directo de tropas nacionales. Cada Estado conserva sus propias reglas de enfrentamiento, sus vetos parlamentarios y sus limitaciones constitucionales. Jan Techau lo resume con precisión: la UE es una «máquina de compromisos», no una alianza de defensa. La OTAN, pese a sus fricciones, ofrece una cadena de mando clara, procesos de decisión ágiles y una potencia hegemónica que, hasta ahora, asumía los costes y las responsabilidades. Sustituir eso con una cláusula redactada en tiempos de optimismo institucional no es realismo estratégico; es wishful thinking burocrático.
Además, Europa camina sobre un alambre geopolítico. Los países bálticos y de Europa Central temen que hablar en voz alta de defensa autónoma le dé a Washington la excusa perfecta para retirarse. Mientras, Estados como Irlanda, Austria o Malta ven en el 42.7 su única red de seguridad. En medio, surge la idea de una «coalición de dispuestos», impulsada por Reino Unido y Francia, que ya se tantea para Ucrania o el estrecho de Ormuz. Es un enfoque pragmático, pero también revela la fractura: Europa no avanza como bloque, sino como archipiélago de intereses. Decía Jacques Delors: “Si la defensa europea no se hace en esta crisis, se hará contra Europa."
Si el 42.7 se convierte en un parche para las urgencias del momento, acabará debilitando tanto a la UE como a la OTAN. El verdadero desafío no es redactar un protocolo de activación, sino responder a una pregunta incómoda: ¿están los europeos dispuestos a ceder soberanía militar a cambio de seguridad colectiva? La autonomía estratégica no se decreta en una cumbre informal en Nicosia. Exige presupuesto común, mando unificado, industria de defensa integrada y, sobre todo, liderazgo político que anteponga la supervivencia continental a los cálculos electorales nacionales. Mientras tanto, el artículo 42.7 debe entenderse como un complemento, no un sustituto. Como bien señalan miembros de la UE, la OTAN sigue siendo la base. Pero si Washington sigue jugando al chantaje estratégico, Europa no puede permitirse el lujo de seguir improvisando.
Defenderse mutuamente sin la OTAN no es un ejercicio teórico. Es una advertencia. El manual que prepara Bruselas no debe ser un documento de contingencia, sino el primer borrador de una voluntad política que lleva décadas ausente. Porque la seguridad no se garantiza con cláusulas ocultas en tratados, sino con la decisión firme de actuar como una sola entidad cuando más importa. Europa puede tardar en despertarse, pero el reloj de la historia ya ha sonado. Alguien dijo con razón que: "El destino de Europa no está escrito en el Tratado de Lisboa, sino en la firma de sus líderes cuando suene la alarma.". ¿Ha sonado ya? O sencillamente es otra bravuconada del presidente Trump.
La amenaza de Trump de "expulsar a España de la OTAN" es jurídicamente imposible y políticamente arriesgada. Funciona como herramienta de presión, pero no como opción real. Como señala un experto: La OTAN se basa en el consenso y la cooperación; no existen mecanismos automáticos de expulsión. Le guste o no a Trump, Europa no está dispuesta a dejarse pisar. Europa no puede depender de la voluntad cambiante de un solo líder; necesita autonomía estratégica real y eso solo lo pueden hacer los gobiernos de cada país.
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