​Piratas culturales y masas de odiadores

Miquel Escudero

Libros


Como es habitual, el gran escritor Javier Marías ha aunado sus artículos dominicales de los dos últimos años y ha confeccionado un libro de estimulantes reflexiones: 'Cuando los tontos mandan' (Alfaguara).


La literatura, el cine y la música son, nos dice, las artes que más le acompañan en su vivir, pero tras leerle se hace evidente que las sabe engarzar con el acontecer diario. También sostiene con energía que “nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios”. Son demasiados entre nosotros quienes piratean con orgullo y sin escrúpulo. Y no se les puede reír las gracias sin entrar en complicidad. No se trata de ser ‘virtuosos’ con afán de castigar, sino de no consentir un rapiñar que perjudica gravemente a la cadena de profesionales que trabajan con el autor y su empresario.


Cree Javier Marías que “por mucho que se intente hundir y ocultar, el gran arte sale a flote y acaba resultando innegable, manifiesto (a veces con enorme retraso, eso sí)”. Pero sabe que hay que facilitar el camino a lo mejor, y que estamos en una época en que la cólera o la estupidez o la locura o la maldad de los majaderos alarman en demasía; sin embargo, algunos adquieren un poder excesivo y preocupante.


Así, a propósito de Trump y antes de su elección, el novelista escribe: “Era cuestión de tiempo que la masa de los odiadores intentara encumbrar a uno de los suyos: al matón, al chulo, al despotricador, al faltón y al sobón. Esperemos que no lo consiga, dentro de nueve días”. El problema es la incapacidad de prever consecuencias y la disposición a tragarse cualquier trola, insensibles a los mejores hombres y mujeres con que contamos para una sabia orientación.


Dados los arraigados y penosos vicios españoles, a Marías no le escandaliza que haya quien ansíe separarse de España. Pero tiene claro que una Cataluña independiente en manos de quienes hoy la fomentan (dirigentes cínicos, dispuestos a saltarse todas las reglas y a imponer su voluntad al conjunto de sus ciudadanos), sería lo más parecido a un cortijo para ellos, en el que nadie podría intervenir, ni la UE. “Cuando se cede el terreno a los tontos, se les presta atención y se los toma en serio; cuando éstos imponen sus necedades y mandan, el resultado suele ser la plena tontificación de la escena”. Ni más, ni menos

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