​Juan de la Cruz, dioses por participación

Miquel Escudero

Dámaso Alonso consideraba al carmelita Juan de Yepes como el mayor poeta de la lengua castellana. Nació en Fontiveros, un pueblo de Ávila, en 1542, y murió en la jienense Úbeda en 1591. Su gran obra la 'Noche oscura del alma' fue publicada de forma póstuma y primeramente en francés… Cabe decir que en 1577 fue detenido y vejado, en el contexto de la reforma del Carmelo y sus repercusiones políticas, y que un año después escapó por una ventana de la cárcel.


Hoy tengo preparada una selección de 'cautelas' (o sutilezas) suyas. Quien sería san Juan de la Cruz escribía para que él y sus lectores lograsen constancia y voluntad para vencer debilidades o flaquezas. Así, la primera cautela contra el mundo es que acerca de todas las personas tú -cada uno de nosotros- tengas igualdad de amor e igualdad de olvido. Parece ser que era coherente con lo que enseñaba: "Que de corazón procures siempre humillarte en el pensamiento, en la palabra y en la obra, holgándote más de los otros que de ti mismo, y esto, decía, hay que procurar ejercitarlo "más en los que menos te caen en gracia"; de este modo, podremos traer alegría a nuestro corazón.


Sin embargo, "el que no es tentado, ¿qué sabe?". Hay que aborrecer toda manera de poseer, a las personas tampoco se las puede poseer. Tampoco a Dios, "para tener a Dios en todo, conviene no tener en todo nada, porque el corazón que es de uno, ¿cómo puede ser del todo de otro?", además sus bienes inmensos sólo caben en corazón vacío y solitario, un alma pacífica y desinteresada. Por el amor de Cristo hay que desear entrar "en la desnudez, vacío y pobreza de cuanto hay en el mundo". Y dejar la propia condición, pues "a la tarde de esta vida te examinarán en el amor". 


Y "lo que pretende Dios es hacernos dioses por participación, siéndolo Él por naturaleza; como el fuego convierte todas las cosas en fuego".


Hoy hay silencio concentrado en clase, no el aburrimiento que se podía esperar. Sigo: "aunque todo se hunda y todas las cosas sucedan al revés, vano es el turbarse", pues eso haría más daño que otra cosa. Y por último: "Es vana cosa desear tener hijos, como hacen algunos, que hunden y alborotan el mundo con deseo de ellos, pues no saben si serán buenos y si servirán a Dios y si el contento que de ellos esperan será dolor, trabajo y desconsuelo". Ahora capto agitación y desasosiego. 

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