Godoy apela a nosotros

Miquel Escudero

De madre portuguesa y nacido en Extremadura, Manuel Godoy comenzó a publicar sus memorias en 1836. Las acabó de entregar seis años más tarde, cuando cumplía 75 años de edad. Estas memorias fueron publicadas primero en francés y luego en inglés y alemán. 


¿Quién era Godoy? No sé si alguno lo sabe, no lo preguntaré. Durante unos quince años fue el político más importante de España, llegó a primer ministro de Carlos IV y fue nombrado generalísimo y grande de España. Cayó en desgracia mes y medio antes del 2 de mayo de 1808, con el motín de Aranjuez, urdido por el bando de quien sería Fernando VII, el hijo del rey con sólo 23 años tenía ya una larga ejecutoria como instigador y traidor. 


Godoy abandonó España con 40 años de edad, y se pasó más de media vida en el destierro, sus bienes fueron confiscados y murió en la miseria. Cuenta que se había comprometido con Carlos IV, fallecido en 1819, a guardar silencio sobre Fernando VII, hasta que éste muriera. Así, dirá en 1836 que le han imputado todo el mal que hicieron sus enemigos: “Tiempo es ya de que yo hable”, “nada más duro al que gobierna como saber que obra bien, verse calumniado y no poder defenderse ni explicarse”. “A nadie hice mal: ni a mis propios enemigos. Las fortalezas y castillos no encerraban ninguna víctima; no había presos de Estado. Hasta la misma Inquisición tenía vacías sus cárceles: la paz reinaba en todas partes”. Pero en sus larguísimas y reiterativas memorias afirma que él habla “con hechos, a cartas descubiertas” y que apela a nosotros, sus lectores.


Murió en el olvido, como un don nadie. De este hombre, intensamente calumniado a la vez por intereses reaccionarios e intereses napoleónicos, os diré sólo que en 1805 mandó abolir las corridas de toros y los espectáculos sangrientos de los toros, “uso feroz, pasión desatinada, que sin devolver virtud alguna entre los hombres, los hacía ser atroces e insensibles”. Posteriormente, “arribados mis enemigos a la plenitud del poder, restablecieron estos espectáculos sangrientos, e hiciéronlos el pasto cotidiano de la muchedumbre. Concediéronse como en cambio de las libertades y de todos los derechos que el pueblo heroico de la España había ganado con su sangre. No se dio pan a nadie; pero se dieron toros… ¡Las desdichadas plebes se creyeron bien pagadas!”. Ahora tocaría leer a los historiadores

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