lunes, 21 de septiembre de 2020

Brindis por el mundo árabe

Miquel Escudero

El fin de la Primera Guerra Mundial, en 1918, trajo consigo la desaparición del imperio otomano, lo que comportó un sinfín de efectos. Turquía se constituiría como república en 1923 (al poco del golpe del general Primo de Rivera y un año después del ascenso de Mussolini al poder) y los territorios del Levante mediterráneo (Egipto, Siria, El Líbano, Jordania, Palestina) pasarían a manos británicas y francesas.


Al acabar la Segunda Guerra Mundial, en esa zona se fueron sucediendo nuevos y tortuosos cambios de poder y se llegó a establecer el Estado de Israel. Todo en medio de una confusión absoluta.


Pocos guardan constancia de que hubo un tiempo en que Siria disponía de elecciones libres y prensa independiente. Dejó de haberlas en 1949, año en que tuvieron lugar tres golpes de Estado, y desde entonces no se ha podido recuperar la democracia. En febrero de 1958, militares sirios pidieron con solemnidad al rais Nasser adherirse a Egipto y formar la República Árabe Unida (la RAU). Esa unión no llegó a durar cuatro años, pues otros militares sirios forzaron la marcha atrás.

¿Con estas convulsiones sociales, cómo puede florecer la esperanza, cómo se puede apagar la rabia y la vieja amargura?


Nasser in Mansoura, 1960



El carismático coronel Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, sufrió en junio de 1967 una brutal derrota ante Israel, que también afectó a Siria y Jordania: la Guerra de los Seis días, que los egipcios llamaron la Naska (un revés provisional). Nasser presentó la dimisión, pero enormes manifestaciones de apoyo le llevaron a revocar su decisión. Tres años después moriría de un infarto de corazón, tenía solo 52 años de edad. “Los árabes –ha escrito Maalouf- se quedaron anclados en esa derrota y nunca recuperaron la confianza en sí mismos”. Aquel acontecimiento significó, según el escritor libano-francés, “la génesis de la desesperación suicida y asesina de hoy”.


Numerosos árabes siguen convencidos de que el resto del mundo se coaligó contra ellos, que nadie espera nada bueno de ellos y que se les desprecia. Ese es el terreno propicio para que crezca el odio y el caldo de cultivo del yihadismo.


No es mi caso, de ningún modo. Ni tampoco, estoy seguro de ello, de muchísimos de ustedes, queridos lectores; la inmensa mayoría. Comparto la idea de estos antiguos versos:


“Si es mi origen el polvo, cada país

es el mío, y los mundos, mis parientes”.

 

Se trata de un poema del hispanoárabe Abu I-Salt ibn Umayya, nacido en Denia, en el siglo XI. Es un mensaje de fraternidad e igualdad, sin fronteras.


En esos lazos de calor y polvo estaba también el coronel cubano Francisco Bens (nacido en 1867), quien fue Gobernador de Río de Oro y que entendía que “España sin África es un país mutilado”. 


Asumamos con gusto y sin complejos el valor de lo árabe, que es múltiple, y desde la confianza de que es compatible con muchas otras influencias. En positivo y sin miedo. Y recordando y rechazando, a la vez, los numerosos ataques hispanófobos, que aún se siguen dando, en referencia a que África empieza debajo de los Pirineos, o, para nuestros conspicuos paisanos separatistas, debajo del río Ebro; siempre con un severo desprecio supremacista y narcisista, efectuado con un cerebro seco y cortocircuitado.


Con estos deseos de respeto y de integración intercultural, les propongo alzar nuestras copas y brindar por el mundo árabe que queremos entre nosotros. Y hacerlo sabiéndonos dignos de su aprecio, también en nuestra condición española (múltiple y variada). Hay, por ejemplo, una ‘saharauidad’ que muestra con gusto nada disimulado su vena hispana, donde el término ‘españolización’ no es peyorativo. Y que dispone de la lengua española como un factor distintivo que ha de ayudar a superar el espíritu tribal y sus estructuras arcaicas.


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