miércoles, 25 de noviembre de 2020

La historia inadvertida

Miquel Escudero

Con frecuencia, y por diferentes motivos, el mundo académico tiene pulsión por comunicarse fuera de su ámbito y exportar sus escritos. Como no puede ser de otro modo, los receptores de esos trabajos (el público, en general) leen a otro nivel que sus autores; y no deberían ser cuestionados por ello. Yo me aventuro a tratar acerca de un espléndido libro académico: ‘Historias cotidianas’ (Comares); o, si se prefiere, hacerme eco de él.


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Su autor es Manuel Peña Díaz, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Córdoba. Es un erudito que enfoca la historia desde abajo, investigando y analizando las formas de vida cotidiana. Busca costumbres y tolerancias, desobediencias y resistencias; en el pasado pero también en el presente, en mundos efímeros e inesperados que nos hermanan fuera del tiempo. Recoge distintos estudios y observaciones de particular interés, en ellos se puede notar mundos paralelos que transcurren de forma simultánea: las imposiciones del poder, las vivencias de la gente (hasta hace bien poco, súbditos y no ciudadanos).


Hay desgracias que afectan a todos. Así en la Sevilla que fue arrasada al acabar el siglo XII con una terrible inundación fluvial: unas 6.000 casas se vinieron abajo y más de 700 cadáveres quedaron esparcidos por los arenales. Se acabarían representando a los ríos como dioses con un ánfora debajo del brazo. O los efectos de la peste de 1649, múltiples consecuencias aparentemente no noticiables y que se reflejaron en la actividad callada.


La repercusión de los relojes públicos en las ciudades, una presencia a partir del siglo XVI. Disponían de figuras (llamadas tardones) que tañían las campanas de las horas canónicas. El reloj llegó a ser símbolo del buen gobierno de la república: un hacer las horas iguales, sin distinciones y sin detenerse.


‘Historias cotidianas’ nos lleva de paseo a enfocar también el trabajo pesquero de la mujer: “Las mujeres –subraya Peña- fueron laboralmente productoras, reproductoras y consumidoras antes del tópico de la revolución industrial y del modelo del salario único del padre de familia. Fuese pescando con caña, recogiendo la pesca, llevándola en canastas o negociando precios, las mujeres andaluzas fueron protagonistas indiscutibles en la vida cotidiana de las villas andaluzas atlánticas de la época moderna, y de ello dejó constancia Mariano Sánchez como pintor, testigo y notario de su tiempo”. En efecto, a finales del siglo XVIII Mariano Sánchez pintó espléndidas ‘Vistas de los puertos de España’, que manifiestan una mirada artística llena de perspicacia al captar escenas de la vida cotidiana y retratar profesiones que vivían del mar.


Y llegamos asimismo a los sambenitos de la Inquisición; hábitos que se veían obligados a llevar durante años los encausados al salir de casa. Un miedo que se convirtió en negocio lucrativo para otros; con chantajes o con la corrupta conmutación de la pena con un pago. La Catedral de Sevilla, por ejemplo, tenía cabida para seis o siete mil sambenitos de exposición de avergonzamientos (siempre de espaldas a la caridad cristiana); suponían la perpetuación de la infamia y la deshonra social.


Había informes que facilitaban la labor de los inquisidores y les permitían estar siempre ‘presentes’, ante el temor de una vergüenza que se prolongara indefinidamente. Sin embargo, si bien se controlaron las herejías, no pasó así con los usos y costumbres más populares. Hubo una España que fue a la vez católica y transgresora, y los cauces por los que transcurrió la vida cotidiana hicieron que ésta fuera más rica y compleja de lo que se supondría en una sociedad confesional.


Más que de ‘control de la sociedad’, habría que hablar de la sociedad del control, sentencia con agudeza el profesor Manuel Peña.


Para acabar mencionaré una anécdota del gran artista Alonso Cano, quien -según explicaba Antonio Palomino en el siglo XVIII- llegó a quitarse un “calzado que tenía entonces, sin volvérselo a poner, por si acaso había pisado con ellos donde había puesto los pies el judío, y aún no paró aquí su tema, sino que mandó desempedrar y desenladrillar, y volverlo a poner de nuevo todo lo que discurría que el hebreo había pisado”. De veras delirante y obtuso.


Esta referencia que aporta ‘Historias cotidianas’ me ha hecho indagar; el gran beneficio que yo podía esperar de su lectura. Así, he llegado al historiador Alfonso E. Pérez Sánchez, quien fuera ilustre director del Prado, con el interesante análisis de la figura de Cano que escribió para la Real Academia de la Historia. Algunos hechos y escritos no deberían pasar inadvertidos.


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