​Los listos útiles

Miquel Escudero

Desde el siglo XX es conocida la expresión ‘tontos útiles’, corresponde a alguien ignorante del provecho que otros sacarán con todo ahínco de su proceder y de su actitud, y que le tienen por mero ‘compañero de viaje’ para sus intereses. 


En especial, se aplica en política, para señalar a idealistas o confundidos que no advierten el engranaje que conecta las acciones que se van desarrollando con su participación, ni el sentido principal de las jugadas que producen.


No se habla, en cambio, de los ‘listos útiles’. Cínicos que se deshacen de principios y aprovechan las ofertas de quienes hasta entonces habían sido sus adversarios; tanto para ganar dinero, como para tener reconocimiento social o acaso vengarse. Se niegan a sí mismos, pero qué más da: todo se disfraza y nada importa. Es también un fenómeno muy frecuente en el mundo de la política.


Un ejemplo de estos ‘listos’ es el periodista Alfons Quintà (fue abogado y juez suplente), que se suicidó hace cuatro años tras asesinar a su pareja. El ensayista Jordi Amat (filólogo y crítico literario) le ha dedicado una biografía destripadora: ‘El hijo del chófer’ (Tusquets). Nacido en Figueres, Quintà fue el hijo único de sus padres. Era torpe en sus estudios y estaba acostumbrado a lograr enchufes. Era aficionado a hacer gamberradas y, a la vez, a acumular odios y resentimientos.


Su padre, se nos dice, era un sencillo comercial del textil que entró en el círculo de confianza del historiador Vicens Vives y de Josep Pla, les ayudaba haciéndoles encargos de diverso tipo, se llegó a ocupar de la agenda del escritor y les llevaba en su coche particular a donde hiciera falta.


Libro


En el ensayisya Jordi Amat le dedica una biografía "destripadora" al periodista Alfons Quintà


La coba recibida por estas figuras estimuló su dedicación a ellas que antepuso de forma absoluta a la de estar con su mujer e hijo. Éste, con 16 años, llegó a chantajear a Pla: “Espero que esta carta defina exactamente y para siempre nuestras futuras relaciones”, le dijo con inusitada frialdad y audacia; una bellaquería consentida.


Quintà había aprendido muy pronto a sacar partido, sin ningún escrúpulo, de la información de la red en que estaba. El muchacho supo ampliar el ámbito de relaciones influyentes y la megalomanía llenó su corazón. Colaborador de la agencia Associated Press, corresponsal del New York Times en Barcelona, escribirá en el Tele/eXprés y en muchos otros sitios.


Se hizo un periodista de éxito y publicó en El País, desde el primer número, en 1976, y sería su delegado en Barcelona. En 1980 escribía artículos demoledores contra Pujol, por el caso Banca Catalana. Cebrián le pidió que parara, interesado en no quedar mal con el recién elegido presidente de la Generalitat. Quintà no logró encabezar la edición catalana de El País, diario muy temido por Pujol. Éste, sabio comprador en los medios de comunicación, no tardó en telefonearle e invitarle a comer. Con unas pocas palabras, Pujol resolvería aquel problema. El enemigo acérrimo del pujolismo pasó de un día a otro a ser su esbirro, entró a su servicio y se convirtió en un ‘listo útil’.


Todo estaba claro y nada había que recalcar. Quintà dejaría de meterse con los trapicheos de Banca Catalana y pasaría a ser el organizador y primer director de TV3; bajo el control de Lluís Prenafeta, mano derecha del amo. A Quintà le costaría bien poco ponerse a hablar del proceso de “reconstrucción nacional recuperación plena y total de nuestra identidad cultural y lingüística”. Fichó a lo grande, se habituó a gastar cantidades desorbitadas y a que se le consintieran sus acosos y abusos laborales.


En 1984, estalló el caso Banca Catalana con la querella contra Pujol; un mes después de que éste lograra su primera mayoría absoluta. La maquinaria propagandística de televisión, radio y prensa hablaría de persecución y ataque a las instituciones catalanas. Se impuso ese marco mental y se movilizó a los confundidos espectadores; también al Centro Andaluz y al Obispado. Así seguimos, hasta la fecha.


En las airadas manifestaciones subsiguientes (unos pocos miles de personas, nada que ver con lo que vendría muchos años después) se destacaban lemas como “Felipe V-1714, Franco-1939, Felipe González-1984”. Pero también se coreaba, nada espontáneamente: “Català sí, bilingüisme no”. Al poco, con la misión cumplida, Quintà fue despedido (ocho millones de indemnización), ahora no ‘necesitaba’ sublevarse.


Al acabar 1986, la querella contra Pujol quedó sobreseída. “El abogado Piqué Vidal llama a Prenafeta. Puede confirmarle ya que veintinueve de los cuarenta y un jueces votarán en contra del procesamiento. Muchos de ellos ni se han leído el sumario”, dice Amat sin querer ir más lejos. No se dejó indagar lo que pasó con esos jueces y el nacionalismo se aseguró su hegemonía social hasta el día de hoy.


Al ‘listo útil’ se le encargó luego organizar un diario contra la insumisa La Vanguardia. Apareció en 1990. Cincuenta días después, Quintá era despedido con una indemnización de 50 millones de pesetas.

Sin comentarios

Escribe tu comentario




He leído y acepto la política de privacidad

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.



Más autores

Opinadores
Leer edición en: CATALÀ | ENGLISH