Un ilustre cubano

Miquel Escudero

La idea de que nunca es demasiado tarde para aprender me anima a acercarme a un autor que dice no conseguir dormir si no tiene al alcance de la mano algo para leer. Alvar González-Palacios es una de las máximas autoridades en el campo de la historia de las artes decorativas. En 1957, con 21 años de edad, salió de Cuba para estudiar. Ya no regresó jamás. La subida al poder de Fidel Castro le frenó cualquier vuelta. Se instaló en Italia, donde hoy vive, y adquirió la nacionalidad. Se acaba de traducir uno de sus últimos libros Sólo sombras (Elba), escrito directamente en italiano, donde desglosa algunas de sus peripecias vitales y presenta unos perfiles o siluetas de más de cincuenta personajes.

 

ELB PALACIOS Cubierta
@ELBA

 

Me permitiré decir que el origen de la palabra ‘silueta’ se halla en Étienne de Silhouette, un fugaz y olvidado ministro de Finanzas del rey francés Luis XVI, lo fue en 1759 (30 años antes de la Revolución Francesa) y redujo los gastos de la Casa Real y sus asignaciones. Estuvo unos pocos meses en el cargo y fue cuestionado y vituperado por los nobles que lo aborrecían por sus medidas económicas. Su apellido se hizo, así, sinónimo de barato o simple. Tradujo al francés la obra de Baltasar Gracián El político.

 

¿Qué podemos aprender en esas páginas más allá del reducido campo de las artes decorativas? Su lectura nos permite entrar en un mundo aparte, a través de unos retratos de comerciantes de obras de arte codiciosos, inteligentes, astutos, detrás de cada uno de sus movimientos estaba (o está) el dinero. Pero, evidentemente, no todos son así. Hay quien tuvo una profunda hostilidad hacia su propio mundo y hacia su propia clase social. Y se menciona a alguien, cuyo nombre a pocos les va a decir nada, que convirtió su vida en el reflejo de un reflejo y que gustaba de los objetos y los amaba con una pasión obsesiva, una vida invadida de mármoles, moldes, yeso, marcos o triglifos.

 

En asombrosa mezcolanza, nuestro autor nos cuenta anécdotas de mujeres en el poder, de príncipes de sangre, de ávidos coleccionistas de curiosidades raras y preciosas. O de historiadores y críticos de arte que emplean un lenguaje profesional, oscuro y pretencioso que confunde más que explica. Es muestra de la inmadurez de quien no se ha decidido a ir más allá de la adolescencia. También de quien se emociona más con los muebles y los cuadros que con cualquier ser humano, siempre vistos de forma impersonal e indiferentes a su suerte: efímeros, volátiles, inasibles, desprovistos de todo interés; es decir, con una perspectiva reaccionaria.

 

Hay un capítulo de particular interés titulado ‘Praz, Visconti y el cine’, a propósito de Confidencias (Retrato de familia en interior), película de Luchino Visconti, donde el papel de Burt Lancaster (doblado al español por la inolvidable voz de Teófilo Martínez) se inspiraba en un crítico de primera magnitud llamado Mario Praz.

 

Se habla también de la escritora en que se basó Max Ophüls para su película Madame de…, Louise de Vilmorin, a quien aquí se califica de “bella, muy ingeniosa, inteligente”. Peor consideración recibe Ernest Hemingway, por su estilo entre rudo y melifluo. Y de María Zambrano se recoge la sensación de luz que despedía y su voz fuerte, convincente.

 

González-Palacios habla de Borges como “uno de los grandes escritores del siglo XX y pocas veces la lengua española ha estado tan bien servida como en sus manos”, pero recuerda que el escritor argentino nunca tuvo una buena palabra para la obra de García Lorca, Jorge Guillén o Juan Ramón Jiménez; aunque sí muy despectivas para Goethe y Eckermann.

 

En estos paseos al margen de los mobiliarios y de las artes de decoración, se alude también al promotor del Monasterio de El Escorial Felipe II, hombre de pocas palabras y voz baja, cuya imagen –dice el historiador cubano- no se corresponde siempre con la verdad al estar enturbiada por las interpretaciones de Schiller y Verdi.

 

Para acabar, mencionaré el recuerdo dedicado a Gertrude de Stein: “una mujer que siempre se había mirado en un espejo para encontrar en él el reflejo de otra persona”. En cualquier caso, el propio González-Palacios llega a hablar en un momento de él mismo y confiesa que cada vez que ha tratado de convencerse de la autenticidad de una obra a través de la mente, más que a través de lo visto, se ha equivocado.

 

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