Mi maldita mala suerte

Sergio Fidalgo

Es triste que me haya tocado vivir en mi época de madurez intelectual la mejor etapa del Fútbol Club Barcelona. ¿Por qué no he podido disfrutar en toda su inmensidad esas maravillosas rachas de los culés en que ganaban una Liga cada catorce años y que cuando conseguían una Recopa parecía que había llegado el fin del mundo? 


Los pericos siempre hemos tenido que sufrir la prepotencia de los barcelonistas, como nuevos ricos que son, pero cuando hacían el ridículo cada dos por tres, y hasta la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao conseguían ganar las Ligas de dos en dos mientras ellos se quedaban a dos velas, la situación era mucho más llevadera. En este caso, cualquier tiempo pasado fue mejor.


Desde que un chaval que parece llegado de otro planeta se enfundó la camiseta azulgrana y demostró que se puede ser el mejor en algo, sin mostrar ninguna otra habilidad, los pericos vivimos en desazón constante. Estamos sumergidos en la mediocridad más absoluta desde hace casi una década, y encima nuestro poderoso vecino no hace más que llenar su vitrina de títulos.


Tendríamos que intentar olvidarnos del Barça, pero cuando ves las oleadas de victimismo que desprenden, es imposible dejar de pensar en el club azulgrana. Cuando pierden, es porque les han robado injustamente el triunfo. Cuando ganan lo han hecho a pesar de los poderes ocultos que se han conjurado contra ellos. Y cuando su rival de turno es atracado y expoliado por el árbitro y osa protestar es señalado como un ‘llorón’ que no reconoce la justicia de su derrota.


Debe molar mucho vivir así, teniendo siempre la razón. Pero si encima tienes a un tal Messi bien rodeado de buenos jugadores, la desazón que causa entre los que no les soportamos es absoluta. Tras la final de la Copa del Rey estoy a punto de tirar la toalla y cambiar mi afición a ver partidos de fútbol por los de curling. Al menos mientras el Barça no tenga sección de este deporte. Y siempre me queda el consuelo de releer ‘El tridente blanquiazul’, el libro en el que Tomás Guasch, Nacho Juliá y Josep Maria Piera me cuentan sus andanzas en clave perica.

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