jueves, 26 de noviembre de 2020

Entre nosotros

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Manifestacion estudiantes barcelona 26 octubre 1

Manifestación a favor de la independencia en Barcelona



“Hemos conseguido no hablar de política”, dice mi peluquero al acabar. No lo había planeado. Sin darnos cuenta nuestra conversación ha ido derivando a través de nuestras saludes respectivas, las operaciones, las familias, etc. De lo que hablábamos siempre desde que nos conocemos hace ya más de treinta años, hasta que el procés cambió nuestras vidas y ocupó un lugar central en los medios de comunicación, las conversaciones del trabajo, las sobremesas familiares y las reuniones de amigos. Aparecen desacuerdos, muchas veces ásperos, crispados y acusatorios. Cuando nos quedamos solos nos invade una resaca en la que se mezcla lo que pude haber dicho y no dije con lo que dije y no debía de haber dicho. Rabia, culpa y tristeza ¿Debemos volver a encontrarnos para repetir argumentos, cruzar acusaciones, remachar diferencias y producir distancia? ¿Hay que estar de acuerdo para podernos entender? ¿Es posible la conversación que acerque sin obviar las diferencias?


Esta vez no se trata del diálogo político entre los responsables de las diversas posiciones, indispensable para encontrar alguna salida a este atolladero, sino del que forma parte del vivir de cada día con las personas del entorno, familia, amigos, compañeros de trabajo; aquellos que tejen con nosotros conversaciones, humor y amor, ocio y negocio. En definitiva, con quienes sostenemos nuestra sociabilidad más cercana y más humana. ¿Es posible coser esas costuras desgarradas? ¿Será posible vestirnos de nuevo con esas prendas? ¿Cómo nos sentiremos con esos desgarrones? ¿Reaparecerán si los disimulamos, los tapamos o los olvidamos? ¿Volverá a entrar el frío y la lluvia de un predecible y largo invierno?


A través de las redes llegan convocatorias al diálogo, exhortaciones al entendimiento y confianza en el poder de la palabra. Están cargadas de voluntarismo y buenos consejos. Como si dependiera de portarnos bien o de tomarlo “en positivo”. Destaca cierta ingenuidad. Algunos mensajes tienen el estilo y el contenidos de los manuales del auto ayuda con recomendaciones del tipo de leer solo prensa en papel, limitar el tiempo de los debates televisivos, practicar ejercicios de relajación, reducir el uso de cafeína o acudir a un especialista si pasas más de cinco noches sin dormir. En definitiva, cosas de más o menos sentido común, que cualquiera puede hacer sin que se lo recomiende algún sesudo especialista o la Conselleria de Salud.


DIÁLOGO INTERPERSONAL


Para poder pensar en el problema que me ocupa tal vez habría que empezar por analizar las dificultades para un auténtico diálogo interpersonal; ver cuáles son los obstáculos a la hora de hablar de ello con las personas cercanas; entender cuales son las causas y las condiciones por las que poner palabras a esta situación se transforma con facilidad en trifulca. Por creer fácil lo difícil no conseguiremos más que engañarnos para desengañarnos después.


Cuando las relaciones entre familiares, amigos y compañeros se resienten ante los avatares del procés, cuando las conversaciones entre personas cercanas se hacen agrias, debe existir algo en su naturaleza que las hace así.


Si llevamos décadas diciendo que se trata de la identidad de un pueblo, o incluso de la identidad de cada uno de nosotros, no esperemos que el asunto sea resuelto como si se tratara de la conveniencia de comprar tal o cual modelo de coche. Hablamos de un tema profundo, filosófico, de importantes consecuencias personales, culturales y políticas. La identidad responde a preguntas de quién soy o qué soy. Parecería que no tener identidad sería no saber quién es uno, que te la nieguen equivaldría a negar tu existencia o, más grave aún, tu esencia. Es para tomárselo muy en serio, y así parece cuando se alerta del peligro de que la nación, la que sea, deje de existir, si no se accede a su independencia o si la secesión la rompe. Esto justifica las llamadas a rebato y es causa de pasiones encendidas.


Sería mucho más largo que lo que me permite este artículo tratar el tema de la identidad de los pueblos. Se lleva discutiendo sobre ello desde hace más de dos siglos. Pero como psicoanalista algo puedo decir sobre la identidad subjetiva individual. Existe un consenso en afirmar que la identidad es un cierto sentimiento de ser uno mismo, una cierta constancia en la manera de percibirnos a nosotros mismos a pesar de los cambios a los que el tiempo nos somete. Digamos que nos miramos al espejo y nos reconocemos. Este auto reconocimiento no es de una sola pieza. Nadie es español o catalán, ingeniero aeronáutico o agricultor, hombre o mujer como identidad única. Somos millares de cosas y una entre ellas, y de gran importancia, es la pertenencia o el nacimiento en un territorio con su historia, su lengua y su cultura. 


Se trata de una pertenencia que contiene potentes contenidos emocionales. Representa tu casa, los lugares de tu vida, el rincón donde jugaste, la escuela que te enseñó, los caminos que recorriste y que trazaron tu geografía sentimental, las canciones que te cantaron y cantaste en la lengua que te acogió. Está cargada de tiempo y por ello de nostalgia. Pero esta pertenencia para muchos también es múltiple, sobre todo en un país como Catalunya lugar de destino y acogida de muchas personas que se vieron obligadas a emigrar a lo largo de la historia de varias generaciones. Ellas conservan raíces emocionales de sus lugares de origen: parientes que quedaron allí, lengua, acentos propios, costumbres, músicas y sabores. Han construido y conservado puentes mentales entre sus lugares de origen y los de acogida. Si al comienzo se vieron obligados a emigrar, su arraigo a través de generaciones hace de su presencia en Catalunya una elección, y no les es fácil de aceptar que circunstancias políticas y sociales coloque esas pertenencias en el extranjero. Por todo esto un diálogo entre personas de múltiples pertenencias puede ser hiriente cuando se percibe como excluyente o antagónico entre los ‘de toda la vida’ y los ‘nouvinguts’.


Hay mucho en esta confrontación que remite a la dignidad, de siempre y de ahora, la dignidad de quien necesita ser acogido pero también de la de quien se siente expulsado y por ello humillado. Existe en el catalanismo un larguísimo memorial de agravios que culmina el la sentencia del Constitucional. Muy pocas personas de las que llenan manifestaciones podrían decir cuáles fueron los artículos suprimidos, su contenido y de qué modo afectaba a su vida y a la vida de este país. Lo que ha quedado ha sido la humillación, la dignidad herida, y hay motivos para sentirlo así. 


El diálogo es casi imposible si de él se espera la restitución de la dignidad, propia y de tu país. No se puede hablar con quien sientes que al oponerse a ti atentan a tu dignidad. Si lo que se discutiera fueran presupuestos, competencias, cuotas, todo sería más sencillo; pero si lo que está en juego es la dignidad, la negociación es mucho más difícil. ¿Cómo se recupera la dignidad mancillada? ¿Quién no se indigna ante ella? ¿Es posible pactar con la humillación? En estas condiciones no hay salida que no sea la de vencer o ser vencido en la discusión. Dentro de este uso de palabras mayores encontramos que ya no se discuten opciones políticas diferentes sino la vida o la muerte de la democracia, del estado o del pueblo.


La polémica se encona, los argumentos se extreman y los calificativos descalifican. Los discutidores pasan a ser agentes del enemigo o traidores; los bandos dedican más esfuerzo en autoafirmarse que en escuchar lo que dice el otro. El debate se hace simétrico en el ‘vosotros’ y ‘nosotros’: ‘Vosotros más o vosotros lo hicisteis antes’. Pero a esto ya me referí en mi post del mes pasado.


Hubiera sido deseable que los responsables políticos no nos hubieran metido en este embrollo y algo deberán hacer para recomponer los platos rotos, pero también los ciudadanos tenemos nuestra responsabilidad tanto en lo que está pasando como en la reconstrucción de los destrozos producidos entre nosotros.

1 Comentarios

1

Fantástico, Antonio

escrito por Teresa Zamanillo 30/oct/17    23:19

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