Hay estirpes familiares dedicadas al arte cuyos nombres no dicen nada a los profanos. Vayámonos a la Italia del siglo XVIII. Nacido en la República de Venecia, Giovanni Battista Piranesi fue un arquitecto que apenas ejerció de tal, anduvo mucho por entre las ruinas romanas (reprodujo e interpretó monumentos) y se dedicó al dibujo y al grabado. En los fondos de la Biblioteca Nacional de España hay numerosas estampas suyas que no hace mucho fueron expuestas para el público. Sus hijos Laura y Francesco siguieron sus pasos, éste último destacó por sus grabados de estatuas antiguas.
Leo Cartas desde Italia (Elba), básicamente la correspondencia que Henri Focillon (1881-1943) envió a sus padres cuando viajaba por Italia formándose en la Historia del Arte y preparando su tesis doctoral sobre Giovanni Piranesi. Tenía unos 25 años de edad. Su padre Victor era un notable grabador, oficio que Henri no pudo seguir a causa de su alta miopía. De este modo, se concentró en obtener una sólida formación humanista y trabajar como docente. Fue profesor de Historia del Arte en la Universidad de Lyon, y llegó a ser conservador del Museo de Bellas Artes de esa ciudad francesa. Posteriormente sería profesor en la Sorbona como medievalista y, desde 1932, lo fue en universidades estadounidenses. Publicó libros como La vida de las formas y Arte de Occidente (1938), su obra más conocida, donde analiza la evolución del arte europeo desde el siglo XI (el comienzo de la plena Edad Media) hasta el umbral del Renacimiento. El tránsito del románico al gótico y la fusión de elementos llenos de contrastes, todo ello se entreveró con las claves de las demás actividades humanas, también las ciencias.
Tras la ocupación alemana de París, en 1940, Henri Focillon brindó todo su apoyo al general De Gaulle. Este egregio teórico del arte fue un medievalista sagaz y erudito que dejó huella entre sus estudiantes y discípulos. Amplísimo en sus intereses, también ahondó en el conocimiento del genio japonés.
No encuentro en estas cartas desde Italia mucho que destacar en particular, salvo que nos dan cierta idea de su relación filial y una leve información de su personalidad. ¿Qué cosas les decía el joven Focillon a sus padres?
En diciembre de 1906, les escribe desde Milán que “los trenes en Italia son bastantes escasos y están mal distribuidos”, les insiste que lean a Hippolyte Taine -influyente historiador francés que había fallecido hacía más de doce años- y finaliza la carta a sus progenitores con un singular y desinhibido “Adiós, amigos”.
Días después, ya en Florencia, destaca que las calles estaban llenas de “gente que tiene prisa y se empuja” y que “los beneficios de la descentralización aparecen aquí a plena luz”; sin más, en un sentido que no coincide con el de nuestro presente. En Roma, al acabar el año, les pide que se cuiden mucho y que no tengan tristes pensamientos. Una prematura actitud protectora del hijo hacia sus padres. Poco después, tras decirles que está tratando de poner en claro algunas ideas esenciales, referentes a temas artísticos, les da “mil gracias por vuestra cariñosa puntualidad en todo”.
Les confiaba haber trajinado un número increíble de libros y estar hasta el cuello de trabajo, les reconoce “mi pobreza de emociones de buscador solitario, alternativamente atontado, triste, encantado”. No oculta momentos de irritación y tristeza y les pide perdón por abrumarles así. Pero se expresa con particular ternura: “miles de besos cariñosos”, “adiós, mis viejos queridos”, “no dejéis de quererme”.
Ya en Venecia, dice haberla respirado, esto es, captada su esencia: “De todos los imperios y de todas las ciudades que he podido atravesar, ninguna tan bien como Venecia me ha dado la sensación de una patria”. Observaciones que no llegaba a desarrollar en estos escritos.
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