jueves, 19 de septiembre de 2019

​La trepidante Djuna Barnes

Miquel Escudero

La escritora norteamericana Djuna Barnes (1892-1982) nació en una familia acostumbrada a relacionarse con destacados artistas. Ella llegaría a hacer amistad con T. S. Eliot y con James Joyce, a quienes llamaba, respectivamente, Tom y Jim; con absoluta familiaridad. No siguió una educación formal y cuando la comenzó, con unos 20 años, inició también su carrera de reportera e ilustradora. 'Mi Nueva York 1913-1919' (Elba) es un libro que recoge artículos suyos en varios diarios neoyorkinos, escritos entre los 21 y los 26 años de edad.


Aborda en ellos el ocio 'enloquecido' de la ciudad, apresurado y sin apenas beneficio. Se fija en que la pobreza lanza a los niños a la calle y de ahí a la taberna: "pero ¿por qué? Porque sus propias casas no sólo son pobres, sino sucias". Y llega a decir que deberíamos nacer con setenta años de edad y avanzar con gracia hacia la juventud.


En otra de sus observaciones se fija en un hombre "que se sobresalta y ruboriza y actúa como si le hubiesen pillado robando mermelada y, además, disfrutándola. Este tipo de hombre siempre sabe cómo abrochar el guante de una mujer, cómo hacerle el lazo y cómo besarle los dedos, pero en cambio se sentiría completamente perdido si su ayuda de cámara dejase los gemelos encima de la mesa en lugar de dejarlos en el tocador. Lleva gafas, pero una nunca sospecha que las usa porque su vista es mala, sino porque las gafas son buenas".


Más interesante me resulta su visión del boxeo, más negocio que deporte y del que destaca no sólo su popularidad, sino la hostilidad racial que expresa entre la clase media. "Los amigos me habían preguntado en varias ocasiones: '¿Te has dado cuenta de que últimamente a las mujeres les ha dado por ir a los combates de boxeo?'. Yo no me había dado cuenta, pero sentí deseos de comprobar si era verdad".


"Lo que resulta horripilante no es el boxeador sino el público, que desconoce la piedad y sólo busca la emoción". Gente nada delicada y muy indiferente al dolor ajeno. "¿Y de quién era la voz que había gritado, justo antes del final: ¡Venga ya! ¡Demostradnos que sois hombres!?". El árbitro empieza a contar: 'Uno, dos, tres…', con voz de mando. El abatido ha dejado de ser un boxeador: "No es más que un gran dolor desconcertado". La joven reportera reflejó esa dura realidad. 

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