Pensar y hablar

Miquel Escudero

Los libros parte del legado in memoriam de Carmen Laforet a la Caja de las Letras
Los libros parte del legado in memoriam de Carmen Laforet a la Caja de las Letras

 

Por unas razones u otras, no es conveniente decir siempre todo lo que se piensa, de modo que hay que saber callarse. Pero nunca deberíamos decir lo que no creemos, so pena de falsificarnos. Tanto en la conversación espontánea como en el discurso preparado, hay que ordenar ideas y saberlas transmitir. Resultan así ideas revestidas de palabras. Hay que poner algún cuidado en las palabras que se elige para decir lo que se quiere decir. Distingamos entre alocución y elocución, voz mucho menos empleada. Alocución es un discurso o razonamiento breve, por lo general, mientras que elocución es un modo de elegir y distribuir los pensamientos y las palabras en el discurso.

 

Leo con interés Saber hablar (Debate-Instituto Cervantes), una obra compuesta por siete profesores: Antonio Briz, Marta Albelda, Antonio Hidalgo, Raquel Pinilla, Salvador Pons, Virginia González García y María José Fernández Colomer. Todos ellos afanados en reflexionar para que todos hablemos mejor. Por la cuenta que nos trae, nos importa mejorar en este arte, pues la comunicación oral es, como bien dicen, el motor de las relaciones interpersonales.

 

“Nada de hablar por hablar, siempre hay una meta que lograr”, una intención. “No habla bien el que no dice nada o el que convierte su habla en un juego floral”. Saber hablar bien estaría reñido con la verborrea, con el exceso de palabras. Por supuesto que hay que cuidar la dicción y las normas gramaticales, pero no menos importa el saber escuchar: “no hay mejor orador que el que sabe prestar atención al otro”.

 

Una habilidad decisiva a la hora de negociar en el ámbito profesional es ser capaz de predecir y esclarecer los objetivos contrarios, para anticiparse a ellos y saber reaccionar del mejor modo. Pero hay vida más allá de un trabajo competitivo. El dominio de la palabra introduce matices, marca distancias, aproxima los relatos de vivencias, facilita el paso preciso del contexto de una narración.

 

Pero también comunicamos con los gestos y el movimiento del cuerpo, con el tono y el timbre de voz. Y hemos de jugar con las pausas y con oportunos cortes, con algunas gotas de amable humor. Se recomiendan, siempre que sea posible, tacto, generosidad, acuerdo, simpatía, modestia y aprobación (ésta consiste en maximizar el elogio y minimizar la crítica; por ejemplo, ante estudiantes esforzados). Ser gradual en la exposición de los razonamientos, con un lenguaje concreto y conciso, sin vaguedades y con brevedad, sin frases superfluas y con competencia, con un claro conocimiento de a quién se está hablando.

 

Al hablar un poco más despacio de lo normal se garantiza una mejor transmisión de la voz. Hay que emplear una voz sonora y no chillona o excesivamente baja, y saber mostrar seguridad y firmeza en lo que se dice, pero hay que evitar resultar impositivo. Dirigirse guardando los protocolos de cortesía y escoger fórmulas lingüísticas adecuadas a la circunstancia. “Todo discurso que no tenga en cuenta las circunstancias de emisión está condenado al fracaso”, al fracaso de persuadir y comunicar con eficacia.

 

 “El precio de la cortesía puede ser la renuncia a un material cuya preparación le ha costado (al orador o al profesor) un esfuerzo considerable”, tanto en forma presencial como no presencial. 

 

Los autores contemplan la Retórica como un arte porque “existe la posibilidad de alterar el orden en función de los objetivos del orador”. Una regla de oro que dan es adaptar el discurso a la capacidad de captación y recepción de los oyentes, en la conciencia de que “es mejor dejar a los oyentes con ganas de más que cansarlos”. De nuevo resuena el consejo de Baltasar Gracián en el Oráculo manual y arte de prudencia: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno; y aún lo malo, si poco, no tan malo”.

 

Se nos recomienda que antes de empezar un discurso, nos repitamos que lo importante es que nuestras palabras resulten provechosas para quien nos escucha y que no prevalezca el deseo de lograr un lucimiento personal. En todo caso, éste vendrá por añadidura. La práctica continua del buen decir generará seguridad y naturalidad, algo, por cierto, que no es nada común en nuestras aulas.

 

Hay que tener claro lo importante que es capacitarnos para un mundo intercultural, al que contribuyamos y del que nos alimentemos. El acento es absolutamente secundario para quien tenga dos dedos de frente. Los autores se hacen eco de una recomendación de las Academias de la lengua española: No hay una variedad dialectal mejor que otra y no hay que intentar forzar unos rasgos de pronunciación que no son los propios para intentar hablar bien.

 

Hay muchos otros contenidos, pero no haré su reseña.

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