miércoles, 19 de junio de 2019

Vodka y Pepsi-Cola

Rubén Olveira

Estacion

Estación de tren de Lowicz, Polonia


Acabábamos de visitar Lowicz, hermosa población fundada en el siglo XII, a unos ochenta kilómetros de Varsovia, y que, en sus buenos tiempos, fue sede del arzobispado de más alto rango de Polonia. Como estábamos en invierno, se había hecho de noche apenas pasadas las cuatro de la tarde, hora en que nos acercamos al apeadero de los trenes. Nos colocamos en el andén del lado de unas vías que supusimos que eran las que llevaban a Varsovia. Aunque nos asaltaba la duda de si estábamos en lo cierto, no había nadie a quien consultar ni dentro ni fuera de la vetusta oficina. Aturdidos ante tanta soledad, tampoco fuimos capaces de descubrir carteles que lo señalaran.


A pesar de estar rodeados de una húmeda y densa oscuridad, percibimos tres siluetas con forma humana que se nos iban acercando tambaleantes. He de confesar que sentí miedo ante aquella aparición en medio de tan profundo aislamiento. Cuando estuvieron a nuestro alcance, descubrimos que se trataba de dos treintañeras y un chico de edad similar. El conjunto despedía un fuerte olor a alcohol. Entonces, aunque tuvimos que vencer nuestros temores, nos atrevimos a preguntarles si la vía en la que nos habíamos situado era la que iba a Varsovia. En un inglés de andar por casa, ayudados de cierta mímica, nos aseguraron de que aquella era la correcta. 


Acto seguido, como mi compañera estaba fumando, le rogaron que les diera algún cigarrillo. Ella accedió sin demora. En el instante en que el joven comenzó a paladear el humo del tabaco, sacó una botella de vodka de uno de los bolsillos de su abrigo. Al mismo tiempo, una de las jóvenes extrajo de un bolso un envase grande de Pepsi. Comenzaron a pasarse las botellas de unos a otros, bebiendo directamente de ambos recipientes. De inmediato, el joven nos acercó el vodka y nos invitó a beber, mientras una de las chicas nos ofrecía un sorbo de cola, cuestiones a la que no pudimos negarnos, debido a la insistencia del trío. 


A esa altura de los hechos, entre tragos y sorbos, los cigarrillos se agotaron. Entonces, los chicos, como para compensarnos por haber acabado con nuestro tabaco, nos regalaron una botella de vodka que guardaban debajo de alguna de sus vestimentas. En ese instante, el tren hacia Varsovia hizo su aparición. Nos despedimos amistosamente de ellos y subimos a uno de aquellos mal iluminados vagones. 


En poco más de una hora, llegábamos a esa capital del Vístula. A la mañana siguiente, le obsequiamos a una de las camareras del hotel con la botella de vodka. La señora se mostró muy contenta con tan reconfortante presente que seguramente le serviría para soportar mejor el frío invierno de Polonia.

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