​Conrad y el refugio en la lectura

Miquel Escudero

Joseph Conrad 1916


El gran escritor Joseph Conrad (1857-1924) era polaco y se llamaba Józef Teodor Konrad Korzeniowski. Con veinte años de edad y apenas sabiendo inglés, llegó al Reino Unido. Tiempo después obtendría la nacionalidad británica y llegaría a ser capitán de marina mercante. Con unos treinta años comenzó a publicar libros, en especial de asuntos marinos. Afianzado en su quehacer literario, dejó de salir al mar y siguió una vida sedentaria. Digo todo esto para enmarcar algunas de sus opiniones sobre la lectura y sobre el reconocimiento artístico.


En efecto, Conrad afirmó que no podía imaginarse qué habría sido de él de no haber sido un niño dado a la lectura. El tesoro reservado en los libros que le llevó a la aventura y, luego, de retorno a la literatura; escrita ahora por él. 


Contaba que al concluir sus deberes en casa, “aparte de permanecer sentado y atento a la horrible quietud, al silencio de la habitación del enfermo, que se filtraba por la puerta cerrada y envolvía con su frialdad mi corazón aterrado”, no tenía mejor alternativa que refugiarse en la lectura.

 

Incluso llega a exclamar: “supongo que de un modo más bien fútil y pueril me hubiese vuelto loco”. Aquella afición la tenía a mano, pues “había muchos libros en la casa, había libros en las consolas, en las mesas, incluso en el suelo, pues no habíamos tenido tiempo de acomodarnos. Y leía. ¡Qué no habría leído entonces!”. Sin embargo, Conrad nunca fue lo que se dice un lector diligente de la prensa.


Él entendía que el primer deber de un ser humano era ser ‘trabajador’, y si no carecía de valor. Logró en vida ser un escritor célebre y valorado, ahora bien: ¿qué opinaba sobre el prestigio social? Conrad escribió que el buen artista no debe esperar ningún reconocimiento por su trabajo y su esfuerzo, esto es: no debe necesitar ser ensalzado ni admirado para conocer él su propia valía. El asunto es que tales cualidades difícilmente se podrán valorar como merecen, pero es que además su posible genio, subrayaba, no puede significar nada para los analfabetos, pues estos andan instalados sólo en boberías y lugares comunes. Ciertamente hay términos medios. Pero sucede que la mayoría de quienes no son analfabetos pueden tener otros gustos, siempre discutibles, o, quizá adolecer de falta de generosidad, perspicacia o sensibilidad con los demás, algo muy habitual. 

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